No podemos hablar de una educación islámica sólo para los musulmanes. Al hablar de ella hablamos de principios y de un marco de educación y enseñanza de nuestras juventudes y de nosotros mismos, no sólo a un nivel religioso, sino inspirándoles con herramientas que les/nos permitan contribuir en nuestras sociedades.
No puede existir un enfoque comprehensivo de la educación cuando ésta se limita a las esferas de la memorización teórica de conceptos que no tienen ninguna aplicación práctica.
A lo largo de la historia de la educación, se han focalizado determinadas facultades del ser humano en perjuicio de otras. El primer enfoque fue el de educar “la mente” concebida como ente independiente del cuerpo. Pero el Corán nos recuerda que el corazón también aprende: “…hombres que tienen corazones con los que no comprenden la verdad…” (Corán: 7/179), o “¿Acaso no han viajado por la tierra, de forma que sus corazones adquieran sabiduría, y sus oídos puedan oír? ¡Pues, ciertamente, no son los ojos los que se vuelven ciegos --sino que se vuelven ciegos los corazones que encierran los pechos!” (Corán: 22/46). Tras esta comprensión de lo que el corazón puede aportar a nuestro crecimiento cognitivo, se planteó la educación del cuerpo como indispensable. Por lo que acabamos topándonos con tres dimensiones que deberíamos cubrir con nuestra educación: mente, corazón y cuerpo.
Podemos recurrir, para mayor comprensión, al estilo en que el profeta de Al·lâh, SAAWS, recibió las enseñanzas de forma gradual. Primero se introduce y afianza el concepto de At·tawhîd, siendo la base de la última Revelación. Tras la realización de esto, se presenta un Rab, que se suele tomar en un sentido erróneo traduciéndose como “Señor”. Cuando, en realidad, encontramos en árabe la misma raíz en palabras como rabâ: educar o tarbia: educación. Al·lâh, Ar·rab insta al profeta en las primeras revelaciones a contemplar el contexto en el que se encuentra: “el sol, la luna,…”.
De acuerdo con esto, la educación nos habría de proveer con principios que se adecúen a nuestras necesidades coetáneas:
- Autonomía: que se presenta como una característica esencial para poder tomar la decisión correcta y que nos haga, a la vez, lo suficientemente fuertes para hacer frente a la realidad con el compendio de conocimientos y bagaje que nos otorga. Conseguir la autonomía no es sólo tener destreza para tomar deciciones acertadas sino permanecer fuertes de corazón en nuestros andares.
- Contexto: no puede haber una educación exitosa si ésta no atañe ni está relacionada con el contexto en que se está impartiendo. Cuando contemos con el contexto les sumaremos un valor añadido a nuestras jóvenes generaciones que podrán empezar a pensar en el contexto como un objeto de contribución y no de saqueo.
- Libertad: que nos dispense de la libertad suficiente para ser lo que somos y del coraje para ser y hacer lo que realmente queremos ser. Gracias a este valor dejaríamos la postura de “simplemente sigue” lo que hace el resto y operaríamos sobre nuestros motivos derivando en la consciencia en los actos que tantas veces nos recuerda nuestro Libro.
- Amor: nos tiene que enseñar a amar la sociedad en la que vivimos. No podemos seguir considerándonos alógenos en una sociedad de la que formamos parte. Puedo cambiar este sentimiento al participar de las actividades culturas del lugar en que nos encontremos: leer literatura más allá del Corán, visitar museos, compartir belleza con el resto de las personas… Al querer en definitiva la cultura y gentes entre las que nos encontremos y no olvidar nunca el decir que los queremos.
Lo podemos enlazar, ahora que la temática “islámica” se encuentra en boca de todos, con que celebrar el amor y la belleza de algo conlleva celebrar los Atributos del Creador de dicha belleza. Por lo que no se contradice en nada con nuestra ética cuando lo sometemos al examen consciente de una conciencia que no se da por satisfecha con etiquetas.
Somos lo que damos y bajo estos parámetros no cabe hablar de integración sino de contribución.
Al-Ghazâli pudo distinguir claramente entre el conocimiento, la comprensión del mismo y al-fiqh definiendo éste último como la comprensión profunda de los propósitos. Por lo que dedicar nuestra educación, coloquios e intereses colectivos sólo a cuestiones jurídicas hace que cojeemos en otras dimensiones de adaptación que son igual de importantes para nuestra consciencia y coherencia.
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