lunes, 29 de agosto de 2011

Diálogo interreligioso: La necesaria diversidad

Los individuos, inocentes y libres, deben tomar una decisión (aceptar o rechazar  la Revelación); habrá diversidad necesaria entre las personas, por lo que los tres versículos que siguen y que son aparentemente similares, contienen enseñazas que se complementan: "(...) Al·lâh, si hubiera querido, les habría congregado a todos para dirigirles. ¡No seas, pues, de los ignorantes! (6/35); "Si tu Señor hubiera querido, todos los habitantes de la tierra, absolutamente todos, habrían creído. Y ¿vas tú a forzar a los hombres a que sean creyentes!” (10/99); "(...) Al·lâh, si hubiera querido, habría hecho de vosotros una sola comunidad, pero quería probaros en lo que os dio. ¡Rivalizad en buenas obras!” (5/48). El primer versículo nos enseña que la diversidad es deseo del Trascendental, el segundo deja claro que, en nombre de ese deseo, la coacción en la religión queda prohibida y el Corán así lo confirma "No cabe coacción en religión.” (2/256), y la Revelación nos enseña que el propósito de estas diferencias es ponernos a prueba para descubrir lo que vamos a hacer con lo que se nos ha revelado: la última orden es usar estas diferencias para “rivalizar en hacer el bien.” La diversidad de las religiones, naciones y la de los pueblos es un examen porque requiere que aprendamos a manejar la diferencia, que es algo esencial en sí misma: "Si Al·lâh no hubiera rechazado a unos hombres valiéndose de otros, la tierra ya se habría corrompido. Pero Al·lâh dispensa Su favor a todos." (2/251); "Si Al·lâh no hubiera rechazado a unos hombres valiéndose de otros, habrían sido demolidas ermitas, iglesias, sinagogas y mezquitas, donde se menciona mucho el nombre de Al·lâh." (22/40). Estas dos aleyas ofrecen una información complementaria que es de importancia primordial: si no hubiera diferencias entre las personas, si el poder estuviera en las manos de un solo grupo (nación, etnia o religión), la tierra estaría corrompida porque los seres humanos necesitan de otros que limiten su deseo impulsivo de expansión y dominio. La última aleya es más precisa para nuestra discusión presente; hace referencia a lugares de culto indicando que habrá, necesariamente, diversidad de religiones, y su propósito es salvaguardarlas a todas: el hecho de que la lista de lugares comience con ermitas, sinagogas y capillas antes de hacer referencia a las mezquitas muestra reconocimiento por todos estos lugares de culto, por su inviolabilidad y, por supuesto, respeto por quienes rezan en ellos. Por tanto, de la misma manera que la diversidad es la fuente de nuestro examen, el equilibrio de poder es un requisito de nuestro destino.  

Está claro que la diferencia puede llevar a conflicto; por tanto la responsabilidad del género humano es hacer uso de la diferencia estableciendo relaciones basadas en la rivalidad a la hora de hacer el bien, al margen de cualquier aspiración de poder. Es vital que el equilibrio del poder no se base en la tensión que surge del rechazo o de la ignorancia mutua sino, y ante todo, del conocimiento: “¡Hombres! Os hemos creado de un varón y de una hembra y hemos hecho de vosotros pueblos y tribus, para que os conozcáis unos a otros." (49/13) Conocer al otro es un proceso inevitable a la hora de superar el miedo a la diferencia y lograr el respeto mutuo. Por lo que los seres humanos pasan una prueba necesaria para su naturaleza pero que pueden –y deben– vencer llevando a cabo el esfuerzo de conocer y reconocer a aquellos que no pertenecen a su tribu, a su país, a su etnia o a su religión. El diálogo, y particularmente el diálogo interreligioso, se hace indispensable.

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sábado, 27 de agosto de 2011

Diálogo interreligioso: Introducción

Existe una tradición bastante antigua de diálogo interreligioso. En distintas épocas a lo largo de la historia y en contextos muy diversos, las gentes que pertenecían a religiones distintas han llevado a cabo intercambios religiosos intentando entenderse mejor; han tenido éxito a la hora de ganarse el respeto del otro y se las han arreglado para no sólo vivir sino trabajar juntos compartiendo esfuerzos y empeño. Hoy en día, palpamos la necesidad de participar aún más en este proceso ya que el pluralismo religioso de las sociedades occidentales hace del conocimiento mutuo algo esencial. Al mismo tiempo, los desarrollos técnicos han cambiado nuestra visión del mundo, y las imágenes diarias de sociedades y costumbres distintas de las nuestras despiertan nuestra curiosidad. De manera más drástica, se perpetran actos de violencia en nombre de la religión, lo que desafía nuestra conciencia: ¿cómo se puede justificar tal horror en nombre de la religión? ¿Cómo lo podemos entender? ¿Cómo lo debemos prevenir?

En la historia reciente, se han formado muchos grupos de especialistas. Éstos se suelen encontrar en coloquios, conferencias y seminarios intentando construir puentes, discutir temas sensibles y prevenir conflictos. Con el tiempo, los especialistas en el diálogo han llegado a conocerse y a disfrutar de relaciones excelentes fundadas en la cortesía y el respeto. Se trata de un logro importante. Sin embargo, subyace el problema de que los círculos que existen están cerrados de forma  casi hermética y sus miembros no están siempre en contacto ni tan siquiera con los miembros de sus propios grupos, lo que hace difícil comunicar dentro de cada comunidad religiosa los avances que se logran en los numerosos encuentros. Más aún, secciones enteras de estas comunidades no están preocupadas ni tienen contacto con los varios diálogos que se están llevando a cabo. Aquellos que se encuentran no representan las distintas denominaciones, escuelas de pensamiento, o las tendencias de las personas que se adhieren a su religión. Los que mantienen las opiniones más cerradas, que son la causa de los verdaderos problemas en la vida diaria, no se encuentran nunca. Por tanto, encontramos tanto a nivel nacional como internacional, una imagen muy irregular: el diálogo es bueno cuando se pone en marcha entre los especialistas de cada religión de mente más o menos abierta; mientras que los creyentes corrientes se encuentren en muy raras ocasiones, dejando de dar voz a las visiones más estrechas y radicales. El sentido común y la lógica nos animaría a esperar todo lo contrario: los especialistas no necesitan del diálogo, o no lo necesitan por más tiempo, y el debate debe tener lugar dentro de las comunidades religiosas y entre aquellos que sustentan las visiones más radicales. Es un círculo vicioso: el diálogo es imposible precisamente porque la gente no se conoce, o porque niega a los demás.

De hecho, la responsabilidad de las personas que participan en el diálogo entre religiones es de una importancia doble: tanto si son especialistas o simples miembros de un grupo religioso, es vital que jueguen el rol de mediadores entre sus compañeros de diálogo y sus correligionarios. Se trata de escuchar a la otra parte, de desafiar y cuestionar dentro de la comunidad propia, informando, explicando, llegando a enseñar, si es necesario. Al mismo tiempo, los participantes en el diálogo deben expresar sus propias convicciones, clarificar el lugar de su propio sentido de religión entre las otras visiones que se sostienen dentro de su familia religiosa, y responder, como les sea posible, a las preguntas de sus compañeros de diálogo. Crean, al actuar de este modo, áreas de confianza entre las distintas tradiciones, que se sustentan a través de convicciones compartidas y valores que, aunque no consigan acercar los extremos, sí que abren horizontes reales para vivir juntos y permitir al menos que las rupturas se eviten y que los conflictos se manejen mejor.

No dudamos de la necesidad de diálogo interreligioso, pero hay gente que aún no entiende su utilidad y propósito reales. ¿De qué va exactamente? ¿Quiero convertir al otro? ¿Me puedo involucrar con una conciencia clara? ¿Cuáles es  el impacto real de estas buenas palabras sobre el respeto y el vivir juntos cuando vemos el comportamiento de los creyentes de las distintas religiones? ¿No hay lugar para la duda o la sospecha sobre las intenciones de uno u otro lado si nos tomamos un tiempo en leer las fuentes escriturarias? Estas preguntas no se pueden esconder. Son de una importancia primaria porque, a no ser que se respondan sucinta y claramente, corremos el riesgo de mantener un diálogo aparentemente afable pero que no elimina las desconfianzas y sospechas que, a fin de cuentas, no llevan a ningún lado. Intentaremos desde el interior de la tradición Islámica, sugerir posibles respuestas a estas preguntas.

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viernes, 5 de agosto de 2011

Grito de humildad

Vivimos en un mundo donde nos falta confianza. Confianza en nosotros mismos, en los otros, en el hombre y/o en Dios, en el futuro… En un mundo como este, nuestras comunidades de fe se convierten, muchas veces, en el espejo que refleja esa imagen nuestra que nos desagrada y asusta, por lo que las diferencias respecto del otro nos permiten definirnos, “identificarnos” a nosotros mismos y, básicamente, darnos algún tipo de seguridad que nos hace falta.   

Tenemos que viajar hacia nosotros mismos para redescubrir el gusto por las preguntas, por la crítica constructiva y por la complejidad de los asuntos.  

Pero tendremos que hacerlo con humildad, que será una de las palabras clave en nuestro recorrer. La humildad que debe sentir el ser humano ante la magnanimidad de la creación, ante su debilidad frente los acontecimientos más mundanales e intranscendentes, ante su pequeñez frente a Su Grandeza… debemos admitir, con humildad, que no contamos mas que con puntos de vista, en el sentido literal de la expresión, y que éstos dan forma a nuestras ideas, a nuestras percepciones y a nuestras imaginaciones.

El pluralismo que vivimos es tal, que nos vemos en la necesidad de plantearnos si estamos hablando del mismo mundo, de las mismas preguntas o de la misma humanidad. Entretanto, en esta “villa global,” nuestro cada vez más pronunciado individualismo nos induce incluso a dudar del hecho de que haya cosas tales como la filosofía y el pensar meditado o a cuestionar los fragmentos de reflexión que hay tras los cálculos de nuestros anhelos de poder e intereses personales. ¿Y qué otra cosa podría hacer el ego del egoísmo si no? 

Cuando salimos de nosotros hacia el otro, encontramos muchas similitudes, muchas cosas en común y muchos valores compartidos. El hombre es vulnerable cuando está perdido y encuentra rara vez satisfacción en su pérdida. Pero es bueno que el viajero se pierda de vez en cuando, que encuentre su camino de nuevo, que piense que ha entendido para percatarse finalmente de que no entiende, o que no entiende suficiente.  

El objetivo de nuestro viaje ha de ser el viaje mismo… dicho de manera poética, se trata de un viaje que nos lleva lejos, hacia nosotros mismos. 

Es una introducción necesariamente larga, porque apreciamos que hemos perdido una cualidad que el mismo universo impone sobre nosotros… hablamos de esa humildad que siente el hombre al contemplarse vulnerable, nimio respecto de la creación. Pero es esa misma humildad que debe hacer de esa persona responsable respecto de los demás elementos de la naturaleza. Entes vivos como lo son los animales, las plantas,… ¿limitamos nuestra reflexión y meditación sólo a “las cosas” que entendemos conscientes o ésta debería incluir lo aparentemente inerte y falto de consciencia? 

El hombre actual ha perdido la capacidad para la reflexión, quienes hoy en día reflexionan sobre el orden que rige la vida de un árbol, o sobre si esta forma de vida se percata de mi presencia están, según los valores que nos rigen en sociedad y los psicólogos, extraviados y han de recurrir a una de las estratagemas que la sociedad ha ideado para “curarles”.  

Encontramos en el Corán ejemplos varios que indican esta preocupación por que el ser humano reflexione sobre el valor que Dios le ha dado al resto de entes creados y sobre cómo nos los ha ofrecido de ejemplo para quienes saben contemplar y reflexionar:

“Al·lâh no se avergüenza de proponer la parábola que sea, aunque se trate de un mosquito. Los que creen saben que es la Verdad, que viene de su Señor. En cuanto a los que no creen, dicen: «¿Qué es lo que se propone Alá con esta parábola?» Así extravía Él a muchos y así también dirige a muchos. Pero no extravía así sino a los perversos.”  (Corán: 2/26)

Esta aleya se reveló en los albores de la negación en la época de la revelación profética. Negación que se debía a la poca humildad por parte de los incrédulos. Pues éstos dudaban de la credibilidad del mensaje y argumentaban sus justificadas dudas con la supuesta falta de solidez de las parábolas que se le revelaban al profeta, SAAWS. 

Esas parábolas fueron de esta manera porque perseguían curar la altivez y el orgullo de quienes no contemplaban la coherente lógica de las imágenes y relatos que le fueron revelados al profeta del Islam. No se percatan de que Al·lâh es el Dios del pequeño y del grande, Creador del mosquito y del elefante, porque tanto en éstos como en los demás seres creados, habita el secreto sellado del milagro de la vida. Fue un secreto indescifrable y lo sigue siendo para las mentes de quienes saben reflexionar.

La moraleja de las parábolas se halla en que son instrumentos que persiguen alumbrar para que, a través de ellas, seamos capaces de conocer y reconocer. La enseñanza de la parábola no está en su volumen o forma. Sería inútil quedarnos con la pequeñez del insecto, comparando ésta con la envergadura de la enseñanza que nos transmite, desenmascarando la arrogancia y nuestra presuntuosa superioridad.

La aleya empieza afirmando que Al·lâh “no siente vergüenza” al elegir determinados ejemplos. Lo que podemos adivinar tras este tipo de elecciones es que, con ellos, pretende curar la autocomplacencia, el deseo de superioridad y el orgullo que perseguimos en nuestras vidas, llegando a la justificación de cualquier tipo de acto infame para tal fin.
Otra enseñanza sería que no hay, como no hubo nunca, obligatoriedad en la creencia para los que no quieran creer. Ahora bien, quienes creen firman un pacto a través del cual se comporten en todas las áreas de sus vidas, y también en contra de este tipo de complacencias, orgullos injustificados y cultivos del ego en todas las esferas de la vida. 

Quiere también con esto retar los corazones y probar las conciencias. Las gentes del momento de la revelación no sabían a qué se estaba haciendo referencia, en este versículo árabe, al citar: {y lo que hay sobre él –el mosquito-} (parte obviada en la traducción del Corán que utilizamos, de ahí que no aparezca más arriba; sin embargo sí que se ha conservado en la traducción inglesa). No sabemos con exactitud a qué hace referencia esta parte de la aleya, pero todo apunta a un parásito minúsculo que habita en la espalda del mosquito y cuya existencia no ha podido descubrirse hasta hace poco. La mayoría de los ulemas coinciden al afirmar que “y lo que habita sobre él” coincidiría con este parásito.

Una muestra más de la omnisapiencia del Más Sabio y del desacierto del humano que peca de arrogancia aún cuando es incapaz de sentirse confiado al intentar explicar su sola existencia.

viernes, 10 de junio de 2011

La reforma y las seis "ces"

Compartimos esta reflexión del profesor Tariq Ramadan sacada de su libro Mi visión del Islam occidental sobre la necesidad de reforma:

Mis estudios teóricos y jurídicos, así como el trabajo de campo que he llevado a cabo durante los últimos veinte años, me han ayudado a desarrollar, a enriquecer mi reflexión y a explorar numerosas pistas nuevas. En un sentido teórico, he llegado a la conclusión de que los musulmanes no deberían limitarse a reflexionar en los campos del derecho y la jurisprudencia islámica (al-fiqh). Llevamos ciento cincuenta años hablando de un razonamiento crítico autónomo (iÿtihâd), lo que debería ayudarnos a afrontar los retos contemporáneos, pero a pesar de la evolución a la que sin duda hemos asistido, aún nos quedan crisis y obstáculos por superar. Creo que deberíamos reconsiderar las categorizaciones y metodologías originales remontándonos a las fuentes y fundamentos del derecho y de la jurisprudencia (usûl al-fiqh). Esto es lo que llamo “una reforma radical” que puede llevarnos a la sofocante reforma de la adaptación creativa de la transformación. El reto es muy importante y el proceso que deberá conducirnos a esos desarrollos requerirá tiempo y deberá superar críticas y rechazos desde posturas diametralmente opuestas. Los temas, sin embargo, ya están planteados, lo único que hace falta, tanto a mi juicio como al de otros estudiosos e intelectuales musulmanes, es emprender un debate a fondo.  

Siempre he querido llevar a cabo simultáneamente esta reflexión teológico-jurídica, intelectual y académica de un modo paralelo a mi compromiso con la sociedad civil, tanto en occidente como en el tercer mundo y, obviamente, también en el seno de las sociedades y de las comunidades musulmanas. Durante veinte años he tenido ocasión de visitar la práctica totalidad de los países europeos, los Estados Unidos, Canadá, Rusia, Australia y Nueva Zelanda y un número considerable de países africanos, asiáticos y árabes. Nunca he dejado de estar en contacto con los ciudadanos de toda orientación y credo religioso, para escuchar, analizar y tratar de comprender. No he tardado en darme cuenta, en el caso de las comunidades musulmanas, tanto de occidente como del resto del mundo, que los problemas se hallaban ligados tanto a la espiritualidad y a la psicología, como a las realidad estrictamente religiosas, sociales o políticas. 

Así es, a lo largo de los años he acabado elaborando un enfoque y un discurso al que denominaba la teoría “de las cuatro Ces.” Se trataba de establecer las prioridades y de abrir perspectivas sencillas y clarificadoras para la comprensión del papel que desempeñaban los actores musulmanes. Pero, durante una visita a África que realicé con ocasión del Coloquio Internacional de los Musulmanes dentro del Espacio Francófono (CIMIF) celebrado en Uagadugu (Burkinafaso agosto 2006), dos participantes me propusieron añadir otras dos “ces.” Y, como tenían razón, mi enfoque gira hoy en día en torno a las seis “ces” en las que, a mi juicio, deberían asentarse los cimientos para el establecimiento de las prioridades y las estrategias que se han de seguir. 

Lo que los musulmanes necesitan más urgentemente es confianza. La crisis de identidad es profunda y resulta indispensable, en consecuencia, desarrollar a través de la educación, un mejor conocimiento de uno mismo y de su historia, para forjar una conciencia y una inteligencia confiada y serena, segura de sí misma y simultáneamente respetuosa con el otro. Porque de lo que, en última instancia, se trata es de conjugar la confianza en uno mismo con la confianza en el otro. Y este trabajo debe ir acompañado de una constante y rigurosa coherencia ya que, no debemos idealizar los propios valores y mensajes perdiendo de vista las contradicciones, disfunciones y traiciones que afectan a las sociedades y a las comunidades musulmanas. El espíritu crítico, la lealtad crítica y la racionalidad activa no son sólo los mejores amigos de una espiritualidad profunda, sino también condiciones imprescindibles para el desarrollo y la renovación. Estén donde estén e independientemente de la región del mundo en que habiten, los musulmanes deberían ser testigos (shuhadâ) de la riqueza y el potencial positivo de su mensaje. Y para ello, deben contribuir al bienestar de todos, sea cual sea su religión, su estatus y su origen porque, en este sentido, el pobre, el enfermo y el oprimido no tienen religión. La contribución de los ciudadanos de confesión musulmana debe ser una respuesta positiva al discurso obsoleto que no deja de girar en torno a la “integración.” Es importante que las/los musulmanas/es reencuentren, en todos los dominios de la inteligencia y de la actividad (tanto en los campos de la ciencia como del arte, la cultura, la sociedad, la política, la economía, la ecología, la ética, etc.), la energía de la creatividad y el gusto por el trabajo y el riesgo. Tenemos que liberar las inteligencias y los talentos y ofrecer a las mujeres y hombres espacios de expresión, experimentación, crítica y renovación. No hay que olvidar que numerosos conciudadanos (e incluso correligionarios) albergan temores, no comprenden y quieren saber más: la comunicación es esencial. La elección de términos, la definición de conceptos, la capacidad de descentrar la empatía intelectual y cultural son importantes para tener en cuenta no sólo el contexto desde el que se habla, sino también la situación de quien escucha (es decir, sus temores, su historia y sus referencias). Pero también debemos señalar que el hecho de ser coherente y crítico con uno mismo no implica perdonar las incoherencias e hipocresías ajenas. Independientemente de la cuestión discutida (es decir, independientemente de que se trate del poder, del gobierno o de las leyes, como las que acabaron institucionalizando el Apartheid en Sudáfrica), es fundamental salvaguardar el derecho y el deber de la contestación y negarnos a traicionar nuestros principios, aunque esa traición se produzca en el seno de nuestro gobierno, de nuestra tradición o hasta de nuestra propia familia. No hay que callarse frente a la hipocresía con la que los estados occidentales contemplan la represión china del pueblo tibetano (al que llevo defendiendo más de veinticinco años), ni asistir impasibles al silencio de la comunidad internacional mientras los palestinos padecen la colonización y represión de los sucesivos gobiernos israelíes.

Las seis “ces” (confianza, coherencia, contribución, creatividad, comunicación y contestación) proporcionan un marco de referencia claro y por encima de todo, establecen ciertas prioridades. La educación, el conocimiento de uno mismo, el espíritu crítico y la creatividad son los ámbitos que más atención requieren. Las mujeres y los hombres musulmanes atraviesan una crisis de confianza tanto psicológica como intelectual. Sólo podrán comunicarse con el entorno que los rodea llevando a cabo un trabajo sobre sí mismos, sin dejarse llevar por la pasión ni responder, como tan a menudo ocurre, de un modo estrictamente defensivo. Estas son las condiciones indispensables para elaborar estrategias de respuestas y resistencia a la dictadura, al dominio y a la discriminación, que no sean puntuales y confusas, sino que se asienten en un visión clara y establezcan etapas y prioridades de acción. Urge que, en el curso de esta maduración, los musulmanes no dejen el campo libre a las voces más radicales que monopolizan los medios y la atención general. Junto a sus conciudadanos, y para ellos, deben hacer escuchar su voz, la voz de la confianza, de la ponderación y de la razón crítica: siendo ellos mismos, negándose a ser “árabes de servicio” o “musulmanes de servicio” y transmitiendo un discurso sereno, matizado y crítico en momentos de crisis y tensión sin abandonar, por ello, la denuncia firme y contestataria cada vez que las mujeres y los hombres, musulmanes o no, traicionen los valores universales de dignidad, libertad y justicia.

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domingo, 5 de junio de 2011

Fe y razón

¿Qué puedo llegar a saber? ¿Y en qué se basa lo que sé, lo que creo saber, o lo que deseo saber y conocer? Una pregunta vital sobre la esencia y significado del conocimiento humano surge precisamente de la multitud de preguntas que nos acometen conforme emprendemos nuestra búsqueda de significado. La conciencia duda sobre la naturaleza de lo conocido incluso cuando aprehende los horizontes de lo desconocido: la muerte y lo que viene en pos de ella revelan, a través de un proceso de inducción, nuestra inhabilidad a la hora de entender su significado y muchos “por qués,” y también nuestro limitado entendimiento de muchos “cómos.” El océano de lo insondable es perturbador, y la crisis mística de la mente racionalista y matemática alcanza ese punto donde la indagación filosófico-religiosa se encuentra con las dudas de la razón que se da cuenta de que ambas infinidades (lo infinitamente grande y lo infinitamente pequeño) están más allá de sus poderes descriptivos. “El eterno silencio de estos espacios infinitos me llena de terror.” “El silencio” aquí es otro nombre para denotar mi falta de conocimiento, y “los espacios infinitos” revelan la extensión de mi ignorancia. Es realmente terrorífico. (Pascal; Pensées, 201)

¿Contamos con algún tipo de evidencias que se revelan en nosotros y en las que debamos confiar? Puede resultar útil, antes de plantearnos lo que podemos saber, determinar qué facultades nos permiten tener acceso al conocimiento. La simple pregunta sobre los medios (facultades), su existencia y su capacidad ha sido, desde siempre, una fuente de desacuerdos, disputas y tensiones tanto dentro de las propias tradiciones espirituales como entre las religiones y las escuelas filosóficas. Mi conciencia se hace consciente de lo real, observa que mis sentidos de oído, tacto, sentido y demás, son los primeros “medios para el conocimiento,” o por lo menos sus primeros mediadores. Los empiristas los consideraron la fuente esencial de todo conocimiento racional y complejo, pues pensaban que la mente no podía entender el principio de causalidad si los ojos no lo han observado con anterioridad. La segunda fuente de conocimiento es, por tanto, mi razonamiento, que observa, establece conexiones e intenta entender el mundo: parece que consigue algunos progresos en lo que concierne a los “cómos” pero se rompe cuando llegamos a los “por qués” del mundo y de la vida. Otra dificultad interna revela que es el corazón el que siente y experimenta (de manera distinta a la de los sentidos) y el que aprehende y entiende (de manera distinta a la de la mente). La facultad de la razón revela sus limitaciones rápidamente, en la más íntima proximidad: está bastante incapacitada para entender el campo del corazón, su conocimiento, sus verdades e incluso sus amores y está bastante perpleja debido a ello. Los sentidos, la razón y el corazón: ¿estamos destinados a tener tres tipos de conocimiento que se desarrollan gracias a tres facultades distintas? ¿Son complementarios o contradictorios? ¿Somos capaces de superar las tensiones inevitables que existen entre ellos para reconciliarlos? Esta es la pregunta que se plantea a través de la tipología de los tres hermanos Karamazov en la novela de Dostoievsky. Representan las tres esferas de Pascal y hay tanto amor como tensión entre ellos. Sus similitudes y diferencias se encuentran en el corazón de la tragedia y la esperanza humana. Dimitri y la exhuberancia de los sentidos, Ivan y las tensiones críticas de la razón y Alyosha y la transparencia del corazón encienden un brillo moral en el orden de nuestras facultades y de nuestro razonamiento. Esto nos lleva al centro del debate real. En realidad se trata de un debate sobre el conocimiento y el entendimiento, pero es también cuestión de decidir lo que es bueno para nosotros, para nuestra sociedad y para la humanidad. El conocimiento y la ética convergen, de igual manera que lo hacen la filosofía y la ciencia, la ciencia y la religión y la filosofía y la religión. ¿Se trata aquí de razón o de fe? ¿Quién nos puede indicar el cómo y quién nos puede decir el porqué?

Está claro que la razón depende de los sentidos y de la observación y establece relaciones de similitud, de género y de causalidad. Determina las categorías, trabaja de forma deductiva e intenta entender “cómo” se establecen los elementos, y “cómo” se determina la naturaleza y su campo de forma inductiva. Acepta la existencia de verdades relativas y de hipótesis que no verificará y es consciente de sus limitaciones cuando hablamos de las convenciones matemáticas que son (como la lengua de signos según Saussure) totalmente arbitrarios. Lo que de verdad importa es observar lo real, describirlo, entenderlo, y a más largo plazo, dominarlo. Este es el objetivo de la ciencia. La fe, sin importar si está ligada a una tradición espiritual o a Dios, se ocupa de otra esfera: lo que importa no es examinar el “cómo,” sino responder a la pregunta del “por qué.” En este sentido, la fe se preocupa más de la legitimidad de los postulados, las convenciones e hipótesis, que de las explicaciones teóricas o técnicas que derivan de ellas. Cuando se describe de forma racional (y por tanto se observa desde fuera), la fe se puede definir como una elección que se basa en postulados que la razón no puede verificar y en finalidades de nuestra existencia que no podemos asir. Vista desde fuera, la fe parecería ser una libre elección de verdades primarias y fines últimos. Wittgenstein, en sus clases de creencias religiosas, demostró con bastante certeza la falta de pertinencia de tales descripciones “externas:” los lenguajes y el significado sólo son accesibles desde dentro, y una descripción racionalista de la fe hace que ésta deje de ser fe.
En el Tao, por ejemplo, la creencia que surge desde el interior, está relacionada con el orden del mundo porque es una manera de establecer correspondencia entre el ser y el cosmos. No es cuestión de responder al “por qué” (que precede y sigue al “cómo”). El Taoísmo proyecta el significado de esta armonía esencial sobre la totalidad del conocimiento: en efecto, el “por qué” explica el “cómo.” Tal enfoque combina filosofía, ciencia y poesía. Esta es también la enseñanza básica de Siddharta: la introspección, la liberación desde el interior y la evasión del ego previenen a todas las formas de conocimiento del ser transformadas en instrumentos de dominación, pues no nos cabe duda sobre el postulado de conoce y dominarás. La cuestión es que la fe y nuestros corazones nos permiten entender el profundo significado del Conjunto, adherirnos a su esencia y trascender la individualización. Esta fe es un misterio y es lo que todos los monoteísmos expresan, aunque la expresen desde dentro y cada uno a su manera. La armonía es una llamada, una conversión: el corazón parece mutar su disposición, parece estar iluminado por una luz que hace que el mundo parezca diferente: el mundo tiene sentido.
La fe, vista desde dentro, no es por tanto ni un postulado o principio, ni un fin, es una luz que no coincide con la luz de la razón. Una luz de significado. La fe es una inspiración, un ímpetu, un creer sin razón (y/o con muy poca razón en el mundo) que proyecta significado por doquier y espiritualidad en todo momento: pues si no hay fe no hay misticismo. La fe, como el amor (o precisamente porque es amor), también es una creencia: amar es creer, sin contemplar la sombra que las dudas proyectan. La fe adquiere muchas formas: algunas se asocian con la inmediatez del amor, otras con una autoliberación disciplinada que va revelando la armonía del todo de forma gradual, y otras incluso con la esencia de la purificación de la misma fe. En el transcurso de sus estudios y peregrinaciones, Mircea Eliade concluyó tras observar la creación de lo sagrado que era “un elemento en la estructura de la conciencia.” Por tanto no se puede evitar la pregunta sobre la relación entre razón y fe, porque concierne tanto a nuestra relación con la verdad, como al manejo de los asuntos humanos. En el punto en el que se encuentran la metafísica y las ciencias, la religión plantea preguntas de filosofía teórico-prácticas, poniéndolas ella misma en duda.

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