
Lo mismo hacía aquella que leía los poemas de Rumi no sabemos si para conjuntarlos con el prestado caftán de derviche o buscando darse un atisbo de significado y esperando recibir a cambio la sabiduría que se los había inspirado siglos atrás a aquel místico.
¿Manifestaciones de una identidad adoptada que no encuentra un cauce apropiado por donde emerger? ¿Dónde queda la esencia del propio dîn frente a este tipo de camuflaje en una identidad ajena?
Cuando se nos presenta la pregunta de ¿quiénes somos? tocamos ese tema que ha mantenido ocupadas las mentes y continúa siendo protuberante para muchos debates y reflexiones: el de la identidad. La pregunta es vital para todos pero intentaremos indagar en cómo la podrían encarar los musulmanes que viven en Occidente.
Si el mensaje en el que creen es universal, si deben intentar, dondequiera que vivan, mantenerse fieles, y si Occidente es “una morada de testimonio”, que les permite ser ellos mismos y estar en casa; es imperativo que definan lo que son y lo que quieren ser para tratar mejor el malestar que puede resultar de ese permanente no saber cómo se pueden dibujar los bosquejos de esa identidad multidimensional.
Si el mensaje en el que creen es universal, si deben intentar, dondequiera que vivan, mantenerse fieles, y si Occidente es “una morada de testimonio”, que les permite ser ellos mismos y estar en casa; es imperativo que definan lo que son y lo que quieren ser para tratar mejor el malestar que puede resultar de ese permanente no saber cómo se pueden dibujar los bosquejos de esa identidad multidimensional.

El carácter englobador del mensaje del Islam, su universalidad y los instrumentos que se nos han ofrecido para ayudarnos a vivir nuestro tiempo deberían facilitar la cura de estos problemáticos desórdenes para superarlos. Una vez más, una vuelta a las fuentes escriturarias nos permite establecer la distinción entre los principios religiosos que definen la identidad del musulmán y las trampas culturales que estos principios acaban necesariamente asumiendo, dependiendo de las sociedades en las que los individuos vivan. Esta es una distinción fundamental: la universalidad de los principios permite a los musulmanes revestirla de las especificaciones de sus culturas nacionales a través del principio de integración o shumûliyya, que nos enseña a integrar en nuestra identidad y cultura todo lo que la humanidad
produzca y que no esté en contradicción con una prohibición. Roger Garaudy afirma sobre este principio: "El principio de integración en el Islam hace que este asimile todo lo que se encuentre en torno a él, ya sean religiones, ideas, métodos, personas o sucesos".
Por lo que no debe permitirse que cualquier cultura, que interfiriese con la adaptación a otro contexto, se identificara con los principios islámicos, o de forma más perniciosa, que se otorgase a sí misma un derecho falso para representar la única manera de ser auténticamente musulmán recurriendo a la carga nacional propia importándolas a un contexto que impone otras exigencias.
Por tanto podremos distinguir:
- por un lado los elementos que conforman la identidad musulmana, basados en principios religiosos y que ofrecen al creyente una dimensión necesariamente abierta que le permite vivir en cualquier tipo de contexto;
- y por otro, las culturas que engloban esa identidad, siendo una forma específica de vivir estos principios, una vez adaptados a los variados contextos, sin otorgarse más legitimidad que cualquier otra forma que se proponga y que sea respetuosa con los mandatos religiosos.

Al final de este proceso de distinción, emergerán los medios que nos podrán ayudar a un mejor entendimiento de los propósitos fuera de cualquier emoción y adopción de identidades ajenas.
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