sábado, 31 de diciembre de 2011

Retornos inevitables

Es curioso que las cosas sigan en su mismo lugar aun sin haber habido nadie por aquí. Huele a azahar cerca de un precioso y empedernido naranjo que tiene historia propia. Bios, tal como lo llamaba mi padre, seguirá siendo testigo de nuestros limitados andares igual que lo fue cuando mi padre intentaba sacarle frutos infructuosamente.

Mi madre murió cuando yo era muy pequeña, por lo que guardo recuerdos nada vivaces de ella. La almohada que veneró mi padre anhelosamente, siempre me recordaba a ella y hacía que mi imaginación proyectara ilustraciones ficticias sobre un estar juntas inexistente.
Al llevar esa almohada siempre consigo, atraía la presencia de mi madre de tal forma que ésta nos acompañó y aconsejó a lo largo de nuestro recorrido juntos.

Tras su muerte, mi padre buscó en la jardinería un somnífero que nos hiciera la vida más llevadera. Tenía su destreza experimentando con esquejes, incluso con plantas exóticas. Siempre lo hacía bien humorado y se mostraba muy atento a no mostrar sus sentimientos y aflicciones en público. Mi tarea era crecer por lo que tenía que proveerme del mejor colchón para una estabilidad emocional rota ante una carencia que ni los adultos sabían superar.

Hasta que se trajo un naranjo. Lo compró donde el señor que le pasaba los esquejes como si se tratara de sustancias prohibidas. Llegó orgulloso a casa un día cualquiera de noviembre, gritando a viva voz que el lugar del naranjo estaba asignado y que comeríamos muchas naranjas el siguiente invierno.

Lo plantó pero por más que modificara la composición del sustrato un año o le echara más fertilizantes al siguiente, las flores de azahar con las naranjas consiguientes no aparecían por ninguna rama.

En uno de esos viajes que le conferían la ilusión del descanso, se había traído un instrumento para destilar las inexistentes flores y tener nuestra propia agua de azahar. Obviando que los sucesos no tienen que atenerse siempre a nuestro preveer sino que acaecen independientemente de lo que nosotros hayamos planeado. En este caso, como era de esperar, no hubo ni azahar ni naranjas aun habiéndose acumulado polvo en aquel artefacto.

Opté, dado lo exasperado que se presentaba mi padre con el paso de esos “años faltos de naranjas” por gastarle una broma colgando unas naranjas de plástico de algunas de las ramas del mismo árbol. Recuerdo lo risueña que fue su risa tanto como si hubiera tenido lugar ayer mismo. Como si él estuviera aquí ahora mismo.

Pero lo que empezó siendo una niñería mía acabó convirtiéndose en nuestra ceremonia anual de inicio de la temporada invernal. Tanto, que ahora puedo atisbar hilos que cuelgan retraídamente de algunas ramas, como si estuvieran avergonzados de ocupar el lugar que corresponde por fin, a las deseadas naranjas de mi padre.

Adornar a Bios era como una ceremonia de camuflaje emocional que perseguía encubrir la verdadera condición de éste. 

Pero llegó esa época en la que yo me tenía que marchar de casa para estudiar. En un principio desestimé cometer semejante parricidio, pero me di cuenta en seguida de que tenía que buscar mi propio destino, de que me hacía falta aire fresco, cierta renovación que no ansiara sólo el olor del azahar.

Me entusiasmaba también la idea de poder disponer de un proyecto propio, alejado de esa protección que me había regalado mi padre junto a un colchón de comodidad y a una existencia sin cuidado.

Me fui y al poco me llegó la confirmación de lo que había supuesto incluso antes de marcharme. Mi padre no aguantó más tal vez porque al no estar yo en casa, no tuviera que seguir fingiendo el estar bien para nadie, sino que hubo de sincerarse consigo mismo reconociendo la vacuidad de la casa después de mamá.



Llegué a contar con más conocimientos de los que portaba conmigo cuando salí de casa, había madurado... Pero conforme el tiempo pasaba, iba acrecentándose en mí ese sentimiento de carencia que ni siquiera había experimentado cuando me faltaron mis padres.

Echaba en falta cierta estampa hogareña que me regalara la esperanza de poderme reconocer en algo. Todos tenemos que emprender en algún momento nuestra búsqueda de significado. El ser humano es un ser “necesitado” que debe tomar decisiones. Y cuando se trata de decisiones existenciales, decidir no tomar ninguna sigue siendo una elección. Me decidí a volver a mi hogar, a la protección de esa coraza que albergaba las ilusiones rotas de mi padre. A un lugar donde cada rincón me contaría una historia.

Nunca nos bañamos dos veces en el mismo río’ remarcó Heráclito y así me sentí cuando puse la llave en la cerradura de nuestro vivido hogar. Sabía que no entraría al mismo.
Me sentía como el salmón que deja su dulce hogar, por los amplios océanos para el posterior ascenso por el angosto río que lo vio crecer. El río, como esta casa en la que ahora me encuentro, no es auto-suficiente. Necesitan ambos de ese viaje, de la mediación del océano. El origen no es suficiente en sí mismo. La casa de la que había salido no es la misma a la que he vuelto. En un orden espiritual, la casa de la que salgo revela un camino, un orden que me lleva a ella dejando ver su esencia y significado. Existe gracias al discernimiento de la consciencia que da y restaura su significado.

Pero lo más esmerado de esta vuelta es la sonrisa que esboza el árbol mostrándome sus naranjas. Nosotros lo habíamos adornado cautelosamente año tras año, regalándonos esa esperanza que tenía a la buena fragancia de meta.

El naranjo me enseñó que hay que pulir para poder ornamentar. Que todo añadido baladí no permanecerá, a menos que se haya merecido esa permanencia tras un largo viaje de conocimiento y realización personal. Que los frutos son el resultado de una contienda irremediable con el ego, de superación y de la aspiración a la fidelidad con Él primero, para poder tenerla con una misma después...

Todo esto me dice Bios ahora, y yo no puedo sino mostrarle mi aquiescencia.

lunes, 26 de septiembre de 2011

Escuchando a Somalia

¡Qué tristes son las imágenes! Pero más triste aún es oír que los hombres y mujeres "libres" las apartan de sus vistas con un mero gesto de indiferencia. Oímos a través del programa televisivo "Informe Semanal" que según las audiencias, la gente cambia de canal cada vez que se proyectan imágenes desgarradoras que agreden nuestro "asentado bienestar". Pero la realidad es que es como si estuviéramos mirando al pasado, viendo la hambruna de Biafra de la década de los 70. Casi medio siglo después, es como si nada hubiera cambiado, como si no hubiésemos conseguido nada más allá de piadosas resoluciones de la ONU. Se nos dijo que uno de los objetivos fundamentales del nuevo milenio era poner fin al hambre en todo el mundo. Sin embargo, estamos lejos de ese objetivo. Ese derecho humano básico de tener suficiente para comer y para sobrevivir sigue siendo un sueño para millones de personas en África hoy en día. 
Nuestras hermanas y hermanos en la humanidad están en necesidad urgente de ayuda. Su país estratégicamente situado ha pasado por experiencias recientes y por dolorosas pruebas. ¿Dónde está la justicia frente a ese destino injusto? ¿Qué ha ido mal en Somalia? Tras la pobreza, la inestabilidad, la guerra civil, y la toma del poder por las facciones radicales, hemos llegado a la etapa final: la extrema pobreza que está matando a millones de niños, mujeres y ancianos. En nuestras salas de estar, incluso durante el ayuno cuando esperamos a que se sirvan los alimentos, fijamos la vista en esas desgarradoras imágenes. ¿Cómo es posible? ¿Es éste nuestro mundo? El pueblo de Somalia está esperando a que nuestros corazones se abran, para que nuestras conciencias despierten. ¡Debería darnos vergüenza ayunar para acercarnos a Dios y para hacernos una idea de lo que es la pobreza, según vamos dejando latente muestro desprecio por los pobres y los hambrientos de nuestro planeta! 

Somalia necesita nuestra solidaridad. Sería bueno que, como seres humanos y musulmanes, repensásemos la forma de gestionar la zakât, la sadaqa, incluso el sacrificio de ovejas durante Eid al Adha (la Fiesta del Sacrificio). Sería una manera de recordar a los fieles que no puede haber fe sin preocupación por los pobres. No se trata sólo de mostrar solidaridad, ayudando a los necesitados, sino también de mostrar respeto a la hora de ayudar a las personas a ser autónomas para liberarse de la caridad de los demás. 

Estos son tiempos excepcionales. Los musulmanes deben tomar la iniciativa mediante el pago de su zakât (impuesto de purificación social) y sus Sadaqât (limosna voluntaria) a las organizaciones que promueven proyectos en países como Somalia. Debe ser un apoyo de emergencia pero también un compromiso a largo plazo con los servicios sociales, escuelas, proyectos de desarrollo local, etc. En menos de un mes, se llevará a cabo la mayor fiesta islámica. En lugar de matar a millones de ovejas, se les permite a los musulmanes enviar la misma cantidad de dinero a Somalia para alimentar a los hambrientos. Estas formas de apoyo al pueblo de Somalia, individuales y a pequeña escala, no van a cambiar la situación, pero sí ofrecen medios vitales tanto humanos como espirituales de la implicación individual de cada persona. Dan un sentido de comunión humana y de compromiso individual que debe nutrir la vida de las mujeres y los hombres dignos en todo nuestro fracturado mundo.

Sin embargo el pueblo somalí no necesita de nuestra caridad. A medida que se estén movilizando para sobrevivir, debemos recurrir a nuestros respectivos gobiernos y pedirles no sólo que ayuden al país ahora (mediante el envío de unos cuantos millones de dólares o alimentos), sino que actúen también de forma responsable en estrategias viables a largo plazo. Lo injusto de la situación en Somalia no es el destino de su pueblo, sino nuestra pasividad continua e injustificada y la aceptación de un orden económico inhumano. Es muy fácil culpar a "su destino", y llorar por él. Pero lo que está mal es este sistema global en el que los países ricos tiran miles de toneladas de alimentos, según los otros se mueren de hambre. En lugar de inútiles resoluciones de la ONU, y de las bellas palabras de solidaridad, es necesario llevar a cabo una reforma seria del orden económico, una reforma radical. 

La gente celebra lo que algunos analistas llaman la "primavera árabe". Los árabes se están liberando de las dictaduras políticas y de los años de alienación. Sería bueno ver, como una respuesta a la difícil situación de Somalia (y tantas otras situaciones de extrema pobreza), a los occidentales liberarse de una mentalidad que garantiza tal pobreza, para conseguir su propia prosperidad. Cuán gratificante sería ser testigo de una "revolución occidental", donde los corazones y las almas de los ricos asciendan a esa conciencia humana básica, que les dice que su riqueza es una vergüenza que se adquiere a través del tratamiento indigno de dos tercios de la humanidad.

miércoles, 21 de septiembre de 2011

Diálogo interreligioso: Participación que se comparte

Pero el diálogo no es suficiente. Aun cuando éste se dirige con rigor, aun siendo necesario invertir algo de tiempo en conocer, confiar, y respetar a los demás, incluso cuando debamos asumir la más vasta de las responsabilidades a la hora de transmitir los logros del diálogo a nuestros correligionarios. Sólo se trata de un paso más o de un aspecto del encuentro entre las varias tradiciones religiosas. Es urgente comprometernos en una acción conjunta en las sociedades occidentales.  

En el diálogo, nos damos cuenta rápidamente de que compartimos un gran número de convicciones y valores. Entendemos con esa misma rapidez que encaramos las mismas dificultades y desafíos. Pero no nos movemos más allá de estos círculos de reflección. Hablamos juntos de “Dios,” de la conciencia, de espiritualidad, responsabilidad, ética, solidaridad, pero vivimos y experimentamos, por separado, las dificultades de la enseñanza, de la transmisión de la espiritualidad, el individualismo, el consumismo, y la bancarrota moral. En términos filosóficos, podríamos decir que nos conocemos los unos a los otros en palabras, pero no en la acción. 

Hay muchos desafíos que compartimos en occidente, siendo el primero de ellos la enseñanza. ¿Cómo les podemos transmitir a nuestros hijos el sentido de lo divino, para los credos monoteístas, o de la práctica espiritual para el Budismo, por ejemplo? En una sociedad que empuja a los individuos a poseer, ostentar ¿cómo vamos a formar personas cuya conciencia ilumine y guíe su obsesión por las posesiones?, ¿cómo podemos explicar la moral y las fronteras, legando principios de vida que no confundan la libertad con el descuido y que no consideren la moda y la cantidad de posesiones como la medida de todas las cosas? Todas las religiones y tradiciones espirituales están atravesando estas dificultades, pero aún podemos apreciar algunos ejemplos de compromiso que se comparten a la hora de proponer alternativas. Y hay mucho que hacer—trabajando juntos, como padres y ciudadanos, para que los colegios ofrezcan cada vez más cursos sobre distintas religiones; sugerir maneras para proveer módulos educacionales fuera de la escuela para enseñar, a la población en general, algo de las religiones—sus creencias fundamentales, temas particulares, y realidades sociales. Tales módulos han de pensarse juntos, no con la sola invitación de un compañero perteneciente a otra religión para que venga a dar un curso como parte de un programa que hemos ideado nosotros mismos. A modo de ejemplo, la Plataforma Interreligiosa en Ginebra ha puesto en marcha una interesante “Escuela de religiones,” y existe un Centro de Estudios Cristiano-musulmanes en Copenhague que, bajo la dirección de Lissi Rasmussen, ha conseguido establecer una asociación dentro de una institución que promociona y practica el diálogo por primera vez en Europa. 

Los actos de solidaridad emergen desde cada familia religiosa, pero son excepcionales los ejemplos de iniciativas que se comparten. A veces las personas se invitan a los distintos actos pero no actúan juntos en la colaboración, obviando uno de los mejores testimonios que una tradición religiosa o espiritual puede dar de sí misma y que se fundamenta en los actos de solidaridad que establece consigo misma y con los otros. Para defender la dignidad de éstos últimos, para luchar en contra de que nuestras sociedades produzcan indignidad, para trabajar juntos por la defensa a los marginados y descuidados. Lo que nos ayudaría a conocernos mejor, pero que, ante todo, hará conocer el mensaje esencial que brilla en el corazón de nuestras tradiciones: no abandones nunca a tu hermano humano y aprende a quererle o al menos, a servirle. 

De manera más amplia, tenemos que actuar juntos para que el cuerpo de valores que conforma la base de nuestra ética no se relegue a una esfera privada y aislada hasta el punto de llegar a estar inactivo y socialmente extinto. Nuestras filosofías de vida deberían seguir inspirando nuestro compromiso civil, con el debido respeto a los que apoyan un postmodernismo cuyo objetivo parece ser el de negar cualquier legitimidad de la referencia a una ética universal. Necesitamos encontrar juntos un rol civil, que se inspire en nuestras convicciones, en el que trabajaremos para exigir que se respeten los derechos de todo el mundo, que las discriminaciones estén fuera de la ley, que se proteja la dignidad, y que la eficiencia económica deje de ser la medida de lo que está bien. Diferenciar entre los espacios públicos y privados no quiere decir que las mujeres y hombres de fe, o las mujeres y hombres de conciencia, tengan que encogerse hasta desaparecer y tener miedo de expresarse en público en nombre de aquello en lo que creen. Cuando una sociedad llega hasta el punto de desautorizar, en los debates públicos, la fe y lo que ésta inspira, su sistema se funda sólo en el materialismo y se gobierna con la lógica materialista—la egoísta acumulación de bienes y lucro. 

Debemos atrevernos a expresar nuestra fe, sus exigencias y su ética para comprometernos, implicarnos, e involucrarnos como ciudadanos y dejar constancia de nuestras preocupaciones humanas, de nuestro deseo de justicia y dignidad, de nuestros estándares morales, de nuestros miedos como consumidores y televidentes, de nuestras esperanzas como madres y padres—para comprometernos a hacer lo mejor que esté a nuestro alcance, y juntos reformar lo que podría pasar y no queremos que suceda. Todas nuestras tradiciones religiosas tienen un mensaje social que nos invita a trabajar juntos a un nivel práctico. Seguimos estando lejos de esto. A pesar de los miles de encuentros y círculos de diálogo, parece que seguimos sabiendo muy poco de los demás y parece que nos falta confianza. Puede que tengamos que volver a considerar los métodos que seguimos y formular una petición en común: comportarnos de tal manera que nuestras acciones, como sea posible, sean reflejo de nuestras palabras, para después actuar juntos.

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sábado, 17 de septiembre de 2011

Diálogo interreligioso: Hacia un diálogo constructivo

El diálogo que entablemos ha de ser ante todo cortés. La necesidad de verdad que permea nuestras sociedades y las situaciones de conflicto religioso a lo largo y ancho del mundo suponen que nuestra tarea debe tener un alcance largo, que será a la vez exigente y riguroso. Antes de nada, el diálogo debe basarse en el conocimiento mutuo que se logra a través de nuestros intentos por dejar claro que compartimos las mismas convicciones, valores, esperanzas…, según vamos definiendo con claridad nuestras especificidades, diferencias y lo que podría llegar a suponer desacuerdos. Esto es lo que se hace en la mayoría de los grupos interreligiosos, y creemos que es necesario moverse en esta dirección. Pero no es suficiente: ya hemos dicho que la mayoría de hombres y mujeres que participan de este tipo de encuentros son de mente abierta y están preparados para el encuentro. Es crucial que describan y expliquen lo que realmente representan en sus familias religiosas (su tendencia, la extensión de ésta, sus relaciones con la comunidad como un todo, etcétera). También es importante saber con quién hablamos, y no es menos esencial saber con quién no se está hablando y por qué. El diálogo interreligioso debería posibilitar a cada participante entender mejor las distintas teorías, los puntos que se comparten y las diferencias y conflictos que padecen las otras tradiciones. Se trata de antes de nada, no engañarnos a nosotros mismos pensando que el otro “representa” todo el Hinduismo, todo el Budismo, todo el Judaísmo, todo el Cristianismo o todo el Islam y segundo ,de conocer qué tipo de relaciones establecen nuestros compañeros en el diálogo con sus correligionarios.

Estar presente en el diálogo interreligioso cuando se vive totalmente apartado de la comunidad de fe propia es problemático y puede resultar ilusorio. Muchos “especialistas” en el diálogo interreligioso que van de conferencia en conferencia se hallan totalmente desconectados de sus comunidades y de las realidades que les rodean. Esto puede ser concebible cuando se tratara de discusiones puramente teóricas, pero en la mayoría de los casos, desafortunadamente, este no es el caso. ¿Cómo es posible llegar a  un entendimiento real entre las tradiciones religiosas y las dinámicas que las permean sobre el terreno si los que dialogan nos están involucrados de forma activa en sus comunidades? Una vez más, ¿cómo vamos a esperar influir en los creyentes de forma más amplia si el círculo de especialista se aíslan en una torre de marfil y no fundan sus trabajos en cada una de sus respectivas comunidades de fe? 

Por esto emergen las dos condiciones fundamentales para el diálogo: primero, comprometerse, tanto como sea posible, a rendir cuentas del trabajo compartido a la comunidad de fe propia y segundo, para lograr eso, dedicar parte de la energía personal a establecer un diálogo intracomunitario, que posibilitará el avance hacia el verdadero pluralismo. Este diálogo es extremadamente difícil, a veces mucho más complicado que el diálogo interreligioso mismo, porque las discusiones con quienes nos son más cercanos y queridos pueden ser peligrosas. Sin embargo este compromiso es esencial si queremos tirar abajo los guetos internos y los sectarismos e intentar, dentro de unos límites manejables, respetarse. No nos cansaremos de decir que el diálogo intracomunitario entre los musulmanes es algo que se plantea como virtualmente inexistente. Los grupos se conocen los unos a los otros, saben cómo identificarse y trabajar desde donde están con los demás, pero inmediatamente después se ignoran, se excluyen o insultan sin dejar ninguna oportunidad para la discusión. Las corrientes de pensamiento y divisiones se mantienen e intervienen en el entendimiento religioso personal de cada persona y en el de las organizaciones. La cultura del diálogo y el respeto a la diversidad, prácticamente, ha abandonado las comunidades musulmanas, ignorando que ha sido siempre la fuente de su riqueza y que debería continuar siéndolo. Pero se ha reemplazado por duelos de discrepancias que contribuyen manteniendo la división, que es la causa de su debilidad. Se han emprendido iniciativas tentativas, pero el movimiento debe generalizarse y debe ir de la mano del compromiso en el diálogo con otras tradiciones espirituales.  

Aparte de llegar a conocer al otro, es también importante establecer relaciones de confianza y respeto. Hoy en día carecemos de confianza: nos encontramos a menudo, nos escuchamos a veces y desconfiamos de los demás demasiado a menudo. La confianza necesita del tiempo y del apoyo. La frecuencia y calidad de los encuentros y la naturaleza de los intercambios ayuda a crear espacios para un encuentro sincero. Sin embargo, creemos que se deberían aplicar cuatro reglas que son exigentes y preliminares, pero que tienen fundamentalmente una naturaleza constructiva:

  1. Reconocer la legitimidad de las convicciones del otro y expresar el debido respeto por éstas;
  2. Escuchar lo que la gente dice de sus propias fuentes escriturarias y no lo que entendamos (o queramos entender) de ellas;
  3. Otorgarse el derecho, en nombre de la confianza y del respeto, a hacer todas las preguntas, incluso las más embarazosas;
  4. La práctica de la autocrítica, que consiste en saber cómo discernir entre lo que los textos dicen y lo que nuestros correligionarios hacen con ellos, y decidir con claridad cuál va a ser nuestro postura.
Estas reglas son esenciales. No podemos entablar diálogo si no reconocer la legitimidad de las convicciones de las demás personas. Podemos no compartirlas, pero es necesario reconocer, en el fondo de nuestro corazón, su derecho a ser. Tampoco podemos intentar ser exegetas de las escrituras de nuestros compañeros, ya que no es de nuestra incumbencia. Les corresponde a nuestros compañeros decirnos lo que entienden o lo que sus correligionarios entiendan de tal y tal texto. Leer la Torah o la Biblia para un musulmán, el Corán para un judío o cristiano, o la Bhagavad Gita para los tres es verdaderamente útil y necesario para intentar entender las convicciones de los demás, pero estas lecturas deberían inspirarnos con meditación y preguntas y no con acusaciones simplistas. También deberíamos otorgarnos el derecho de atrevernos a hacer las preguntas que se nos ocurran. Las preguntas pueden ser satisfactorias o pueden no serlo, nos pueden convenir o no, pero se tendrán que formular de manera clara. La confianza sólo puede emerger de esta franqueza y claridad: mientras tanto, sin esto último, la cortesía será artificial llegando a la farsa. A un nivel más profundo, estas son las preguntas que ayudan a las personas a ir más allá en el entendimiento de sus propias tradiciones.

Buscar una manera para dar una explicación profunda de nuestras convicciones supone hacer el esfuerzo de entenderlas mejor. La relevancia de lo que pregunto a mi compañero en el diálogo es un regalo, un remedio intelectual y espiritual porque aprendo a expresar mejor aquello en lo que creo y por tanto, a entender mejor el significado de lo que soy. Finalmente, el diálogo conlleva claridad y coraje: nuestras fuentes escriturarias se han utilizado en ocasiones, o han legitimado (y aún legitiman) discursos, comportamientos, y el emprender acciones en contra de otros porque entendermos que tenemos que hacer declaraciones claras en su contra. Esto no es siempre fácil, y todas las tradiciones espirituales deberían comprometerse en este tipo de autocrítica. Algunos lo ven como una traición a su comunidad de fe; en vez de eso debería ser una cuestión de auto-respeto y dignidad ante Dios y ante cada conciencia humana.


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domingo, 11 de septiembre de 2011

Diálogo interreligioso: Aleyas con interpretaciones diversas II

La aleya que dice que la práctica de la adoración ante Al·lâh es el Islam ha hecho fluir mucha tinta. Aquí, una vez más, se trata de una cuestión de interpretación. Sabemos que la palabra Islam tiene dos significados en el Corán. El primero es universal y genérico: todos los elementos, como ya remarcamos algunas veces, están bajo “sumisión” a Dios porque respetan el orden de la creación; en el mismo sentido, todas las revelaciones y profetas vinieron con el mensaje de la unicidad de Dios y la necesidad de “someter al ser” a Él. Por tanto, a Abraham le dirige Dios antes de revelar el Corán: "Cuando su Señor le dijo: «¡Sométete! [aslim]». Dijo: «Me someto [aslamtu] al Señor del universo»." (2/131) Las palabras aslim y aslamtu tienen su origen en el vocablo Islam en el sentido de reconocimiento del Dios Único y de la aceptación de Su obediencia. "Abraham no fue judío ni cristiano, sino que fue hanif, sometido a Al·lâh, no asociador." (3/67) Esta última aleya identifica claramente el primer sentido de la palabra Islam: sumisión a Dios bajo un orden establecido que rige todo lo creado.  

El segundo significado de la palabra se refiere a la religión cuyo libro y profeta son el Corán y Muhammad (saaws). Los eruditos con tendencia a realizar lecturas literales interpretan estas palabras restringiendo su sentido al segundo significado, mientras que la definición genérica tiene más sentido a la hora de entender el mensaje como un todo: a parte de ser la última revelación, identifica como “religión natural,” una y única a lo largo de la historia, al reconocimiento de la existencia del Creador y la conformidad con Sus mensajes. Esto se confirma en la aleya: "Los creyentes, los judíos, los cristianos, los sabeos, quienes creen en Al·lâh y en el último Día y obran bien. Ésos tienen su recompensa junto a su Señor. No tienen que temer y no estarán tristes." (2/62) El significado genérico queda claro aquí, y los eruditos que reivindican que esta aleya ha sido abrogada [mansûj] (Sosteniéndolo con la opinión atribuida a Ibn Anas y que se cita en la Exégesis [tafsir] de Tabari. Donde se decía que se abrogaba con la aleya 3/85) no prestan atención a la regla de abrogación, que especifica que sólo las aleyas que estipulan obligaciones y prohibiciones (que pueden cambiar en el transcurso de la revelación) pueden abrogarse pero no la información, ya que no puede ser cierta un día y falsa al siguiente. Esta aleya está claramente ofreciendo información.

La aleya "Los judíos y los cristianos no estarán satisfechos contigo hasta que no sigas sus creencias [mil·la]." Se cita al antojo cuando se atraviesan problemas o simplemente cuando la gente quiere justificar su desconfianza hacia los judíos y cristianos. Lo dicen desde los alumnos de las mezquitas, los conferenciantes, los seminaristas,… implicando que la aleya explica la actitud de los judíos y cristianos para con los musulmanes: su negación del Islam, su doble juego, por no decir falsedad, su colonización, politeísmo, guerras, Bosnia, Palestina, etcétera. Pero esto no es lo que dice la aleya. Ya que el contexto de la revelación fue el diálogo que mantenía el profeta (saaws) con los judíos y cristianos, e incide en un aspecto concreto del diálogo interreligioso. Podemos desarrollar un acercamiento contextuado, que defienda la no persecución de la complacencia plena a la hora de entablar este tipo de diálogo, pues no se trata de complacer a los que no comparten nuestra fe e ideas, sino de discutir las ideas mismas, más allá de cualquier individuación y apoderamiento de valores: como se menciona en la segunda aleya que citamos en este artículo, donde se engloba a varias confesiones, resaltando pues ese primer significado de la palabra islam. "Di: «¡Gente de la Escritura !Convengamos en una fórmula aceptable a nosotros y a vosotros, según la cual no serviremos sino a Al·lâh, no Le asociaremos nada y no tomaremos a nadie de entre nosotros como Señor fuera de Al·lâh ». Y, si vuelven la espalda, decid: «¡Sed testigos de nuestra sumisión!»" (3/64) La expresión fórmula aceptable, nos transmite la idea de consenso en la sumisión: no se trata de apoderarse de las palabras sino de compartirlas. Todos los credos y profetas estuvieron de acuerdo en este significado y es lo que debería unirnos, más allá de cualquier disputa, posesión o pertenencia. Porque perseguir la complacencia de Dios es un camino exigente marcado por estaciones de prueba, pero esta iniciación es al fin y al cabo la única manera de llegar a estar, con humildad, en felicidad completa con uno mismo.

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miércoles, 7 de septiembre de 2011

Diálogo interreligioso: Aleyas con interpretaciones diversas I

No sería honesto por nuestra parte que cuando hablamos de diálogo sólo nos refiramos a las aleyas que ya se han citado dejando de mencionar otros pasajes del Corán que pueden inducir a error y que los eruditos musulmanes interpretan de formas muy variadas. Algunos ulemas pertenecientes a las tradiciones literalitas los leen de manera bastante restrictiva sin dejar ningún espacio para la discusión. De seguir este enfoque, se debería dejar de considerar esos versículos para poder tener una participación sincera en el diálogo. Por tanto, podemos encontrar en el Corán aleyas que definen a los judíos y a los cristianos, aún perteneciendo a la “gente del Libro,” como kuffâr (plural de kâfir), que se ha traducido frecuentemente como “infieles” o “herejes.” Están ciertamente en estado de negación [kafara] "Han caído en incredulidad los que dicen que Al·lâh es el Ungido, hijo de Maryam." (5/17), o: "La gente del Libro que había caído en incredulidad y los asociadores..." [kafaru] (98/1). Conforme a lo que sostiene la mayoría de los eruditos que hacen lecturas literales, estas aleyas no dejan lugar a duda respecto de su destino, concretamente porque el Corán dice explícitamente: "Realmente la práctica de Adoración ante Allah es el Islam." (3/19) o: "Y quien desee otra práctica de Adoración que no sea el Islam, no le será aceptada y en la Última Vida será de los perdedores." (3/85). Otras aleyas parecen decirnos que no debemos confiar en los judíos y cristianos: "Los judíos y los cristianos no estarán satisfechos contigo hasta que no sigas sus creencias." (2/120) o que sólo los puedes considerar tus aliados en situaciones extremas: "Que los creyentes no tomen por amigos a los incrédulos en vez de a los que creen. Quien lo haga... no tendrá nada que ver con Al·lâh. A menos que sea para guardaros de ellos." (3/28). Tal avalancha de aleyas causa perplejidad y plantea preguntas sobre si se está dejando lugar para el desarrollo de cualquier tipo de diálogo, más aún cuando estos mismos eruditos explican claramente que no creen que la discusión merezca la pena a no ser que sea para convencer a la otra parte de la fuerza y verdad de nuestros argumentos. El diálogo interreligioso se convierte entonces en una invitación a nuestra verdad, una Dawa (llamada, invitación, un sermón), sin mayor significado. 

Nos encontramos aquí con el problema de los tipos de “lectura” que llevan a cabo las distintas escuelas de pensamiento islámico. La comodidad de la aproximación literal respecto de las demás es que se detiene en el significado primario del texto que, cuando se cita, parece tener un sentido inmediato y da valor al argumento. No se consideran los problemas que surgen de la lectura que toma en consideración la distancia crítica, la interpretación contextualizada, o la determinación del significado de la aleya a la luz del Mensaje como un todo. Como lector literal, lo que leo es lo que se dijo y Dios hablará a través de mí si lo que hablo emana de Su palabra. No obstante, es aconsejable tomar cada aleya por separado intentando descubrir si el enfoque literal es el más adecuado. 

Habrá que empezar por decir que la noción árabe de kufr o kâfer ha sido mal traducida muy a menudo, a parte de que muchos musulmanes en Occidente admiten usarla como insulto. Pero la palabra tiene un sentido neutral en las ciencias islámicas, y se percibe claramente a diferentes niveles. Sin llegar a detalles técnicos aquí, deberemos decir que, según la raíz el significado general de la palabra, se podría traducir como «quien niega con el corazón velado»: haciendo referencia a aquellos cuyo anhelo original por el Trascendental ha sido ahogado, velado, que los han acallado en sus corazones hasta el punto de llegar a negar la existencia del Creador. Pero kâfer puede también designar a quien niega la evidencia de la verdad, como la figura satánica de Iblis en el Corán, que sabe que Dios existe, ya que Le habla, pero se niega a obedecer: "Y cuando dijimos a los ángeles: ¡Postraos ante Adam! Se postraron todos menos Iblis que se negó, se llenó de soberbia y fue de los rebeldes." [min al-kâfirîn] (2/34). A esta habrá que añadir varios tipos de negación, kufr, que se determinan conforme a lo que se niega: a Dios, la verdad del mensaje, uno de los pilares de la fe, la naturaleza de un mandamiento particular, etcétera. Por lo que aplicar el término kâfir a judíos y cristianos en un sentido neutral se justifica con que no reconocen el Corán como el último libro revelado, y lo hacen de una manera bastante natural. Niegan [yakfurûn] la verdad del mensaje y a su profeta, pero esto no quiere decir que los podamos llamar “herejes” llegando a no reconocer su fe en Dios, pues sería una afirmación inexacta: esto tendría tan poco sentido como decir que Iblis, que pudo dialogar con el Más Alto, no creyó en Él y fue un hereje. Es algo que no respeta el entendimiento lógico ni la traducción consistente. Debemos añadir que nunca se legitima utilizar esta palabra como insulto.


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viernes, 2 de septiembre de 2011

Diálogo interreligioso: Principios generales de diálogo

Todos los creyentes que participan en el diálogo lo hacen tras haberse nutrido de una fe o de una convicción en base a la cual se entienden a sí mismos, perciben el mundo y construyen relaciones con quienes les rodean. Su conexión con la Verdad, con las creencias de los otros y con la diversidad en general está directamente influida por el contenido y la naturaleza de esa fe o convicción. Hemos intentado enfatizar la centralidad de a·tawhîd del mensaje del Islam en publicaciones anteriores. Se trata del principio en el que se posan todas las enseñanzas islámicas siendo el eje y punto de referencia en el que los musulmanes confían cuando dialogan. La conciencia íntima del tawhîd da forma a la percepción del creyente, que entiende que la pluralidad es elección del Uno, que es el Dios de todos los seres, y que Él exige que se respete a cada ser creado: “Y decid: «Creemos en lo que se nos ha revelado a nosotros y en lo que se os ha revelado a vosotros. Nuestro Dios y vuestro Dios es Uno." (29/46) Los musulmanes deben participar del diálogo desde esta convicción, siendo algo que se tiene que asumir cuando se establecen relaciones con el otro. Lo que puede determinar la diferencia con el otro, y por tanto la dirección y los términos del diálogo, es si hay encuentro a la hora de expresar un monoteísmo absoluto. Y por eso el Corán llama a la judíos y cristianos: "Di: « ¡Gente de la Escritura! Convengamos en una fórmula aceptable a nosotros y a vosotros, según la cual no serviremos sino a Al·lâh, no Le asociaremos nada y no tomaremos a nadie de entre nosotros como Señor fuera de Al·lâh». Y, si vuelven la espalda, decid: « ¡Sed testigos de nuestra sumisión!»" (3/64). Afirmar este principio indica que a·tawhîd es el punto de referencia en base al cual los musulmanes participan de las discusiones: si hay diferencias en este punto central, se hace necesario entablar diálogo y desarrollar éste en base a los valores y enseñanzas que se comparten, ya que la última Revelación organiza lo que ya nos había llegado. En la mente de los musulmanes, el Corán confirma, completa y corrige los Mensajes anteriores a él, y los musulmanes mantienen en esto la misma postura de los cristianos con los judíos. Es una postura que es en sí misma absolutamente coherente: creer en un libro que se revela después asume la creencia de que hay deficiencias y distorsiones en el anterior. ¡Al·lâh! No hay más dios que Él, el Viviente, el Subsistente. “Él te ha revelado la Escritura con la Verdad, en confirmación de los mensajes anteriores. Él ha revelado la Torah y el Evangelio." (3/2,3). Este reconocimiento es fundamental y abre el camino para el diálogo que, aunque nos fuerce a ver nuestras diferencias, está destinado a construir puentes entre las distintas convicciones y tradiciones.  

El Corán no sólo promulga una llamada al diálogo sino que también insiste en la forma en que éste tendría que tener lugar y en la manera en que se debe dirigir. No debe ser sólo un intercambio de información sino una forma de ser y de hablar, una actitud: "...Discute con ellos de la manera más conveniente..." (16/125) y también: "No discutáis sino con buenos modales con la gente de la Escritura, excepto con los que hayan obrado impíamente..." (29/46). En esta última aleya la restricción no es para el diálogo como tal, sino para el que se relacionaba con la actitud represiva que adoptaron algunos judíos y cristianos para con la comunidad musulmana que atravesaba adversidades serias en ese momento. Esta aproximación contextuada es lo que da sentido al versículo que se cita a menudo "Verás que los más hostiles a los creyentes son los judíos y los asociadores, y que los más amigos de los creyentes son los que dicen: «Somos cristianos». Es que hay entre ellos sacerdotes y monjes y no son altivos." (5/82). Aquí, una vez más, lo que se está poniendo en cuestión es la actitud de los que están compartiendo el diálogo, no el diálogo en sí. Para quienes elijan entender esta enseñanza contextualizada (advertirnos para que nos preocupemos cuando vemos injusticias, adversidades y orgullo en los seres humanos) como una prohibición absoluta del diálogo, la Revelación responde con claridad: "Al·lâh no os prohíbe que seáis buenos y equitativos con quienes no han combatido contra vosotros por causa de la religión, ni os han expulsado de vuestros hogares. Al·lâh ama a los que son equitativos." (60/8). Este versículo va incluso más allá de todos los demás: si el diálogo es necesario y si la manera de hablar de uno es importante, se nos llama aquí claramente a establecer relaciones de generosidad y justicia con todo aquél que respete nuestra libertad de conciencia y dignidad humana. El diálogo es un acto de convicción, de escucha, de auto-conciencia, de auto-conocimiento, y del corazón: estas cualidades constituyen, todas juntas, sabiduría.

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lunes, 29 de agosto de 2011

Diálogo interreligioso: La necesaria diversidad

Los individuos, inocentes y libres, deben tomar una decisión (aceptar o rechazar  la Revelación); habrá diversidad necesaria entre las personas, por lo que los tres versículos que siguen y que son aparentemente similares, contienen enseñazas que se complementan: "(...) Al·lâh, si hubiera querido, les habría congregado a todos para dirigirles. ¡No seas, pues, de los ignorantes! (6/35); "Si tu Señor hubiera querido, todos los habitantes de la tierra, absolutamente todos, habrían creído. Y ¿vas tú a forzar a los hombres a que sean creyentes!” (10/99); "(...) Al·lâh, si hubiera querido, habría hecho de vosotros una sola comunidad, pero quería probaros en lo que os dio. ¡Rivalizad en buenas obras!” (5/48). El primer versículo nos enseña que la diversidad es deseo del Trascendental, el segundo deja claro que, en nombre de ese deseo, la coacción en la religión queda prohibida y el Corán así lo confirma "No cabe coacción en religión.” (2/256), y la Revelación nos enseña que el propósito de estas diferencias es ponernos a prueba para descubrir lo que vamos a hacer con lo que se nos ha revelado: la última orden es usar estas diferencias para “rivalizar en hacer el bien.” La diversidad de las religiones, naciones y la de los pueblos es un examen porque requiere que aprendamos a manejar la diferencia, que es algo esencial en sí misma: "Si Al·lâh no hubiera rechazado a unos hombres valiéndose de otros, la tierra ya se habría corrompido. Pero Al·lâh dispensa Su favor a todos." (2/251); "Si Al·lâh no hubiera rechazado a unos hombres valiéndose de otros, habrían sido demolidas ermitas, iglesias, sinagogas y mezquitas, donde se menciona mucho el nombre de Al·lâh." (22/40). Estas dos aleyas ofrecen una información complementaria que es de importancia primordial: si no hubiera diferencias entre las personas, si el poder estuviera en las manos de un solo grupo (nación, etnia o religión), la tierra estaría corrompida porque los seres humanos necesitan de otros que limiten su deseo impulsivo de expansión y dominio. La última aleya es más precisa para nuestra discusión presente; hace referencia a lugares de culto indicando que habrá, necesariamente, diversidad de religiones, y su propósito es salvaguardarlas a todas: el hecho de que la lista de lugares comience con ermitas, sinagogas y capillas antes de hacer referencia a las mezquitas muestra reconocimiento por todos estos lugares de culto, por su inviolabilidad y, por supuesto, respeto por quienes rezan en ellos. Por tanto, de la misma manera que la diversidad es la fuente de nuestro examen, el equilibrio de poder es un requisito de nuestro destino.  

Está claro que la diferencia puede llevar a conflicto; por tanto la responsabilidad del género humano es hacer uso de la diferencia estableciendo relaciones basadas en la rivalidad a la hora de hacer el bien, al margen de cualquier aspiración de poder. Es vital que el equilibrio del poder no se base en la tensión que surge del rechazo o de la ignorancia mutua sino, y ante todo, del conocimiento: “¡Hombres! Os hemos creado de un varón y de una hembra y hemos hecho de vosotros pueblos y tribus, para que os conozcáis unos a otros." (49/13) Conocer al otro es un proceso inevitable a la hora de superar el miedo a la diferencia y lograr el respeto mutuo. Por lo que los seres humanos pasan una prueba necesaria para su naturaleza pero que pueden –y deben– vencer llevando a cabo el esfuerzo de conocer y reconocer a aquellos que no pertenecen a su tribu, a su país, a su etnia o a su religión. El diálogo, y particularmente el diálogo interreligioso, se hace indispensable.

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sábado, 27 de agosto de 2011

Diálogo interreligioso: Introducción

Existe una tradición bastante antigua de diálogo interreligioso. En distintas épocas a lo largo de la historia y en contextos muy diversos, las gentes que pertenecían a religiones distintas han llevado a cabo intercambios religiosos intentando entenderse mejor; han tenido éxito a la hora de ganarse el respeto del otro y se las han arreglado para no sólo vivir sino trabajar juntos compartiendo esfuerzos y empeño. Hoy en día, palpamos la necesidad de participar aún más en este proceso ya que el pluralismo religioso de las sociedades occidentales hace del conocimiento mutuo algo esencial. Al mismo tiempo, los desarrollos técnicos han cambiado nuestra visión del mundo, y las imágenes diarias de sociedades y costumbres distintas de las nuestras despiertan nuestra curiosidad. De manera más drástica, se perpetran actos de violencia en nombre de la religión, lo que desafía nuestra conciencia: ¿cómo se puede justificar tal horror en nombre de la religión? ¿Cómo lo podemos entender? ¿Cómo lo debemos prevenir?

En la historia reciente, se han formado muchos grupos de especialistas. Éstos se suelen encontrar en coloquios, conferencias y seminarios intentando construir puentes, discutir temas sensibles y prevenir conflictos. Con el tiempo, los especialistas en el diálogo han llegado a conocerse y a disfrutar de relaciones excelentes fundadas en la cortesía y el respeto. Se trata de un logro importante. Sin embargo, subyace el problema de que los círculos que existen están cerrados de forma  casi hermética y sus miembros no están siempre en contacto ni tan siquiera con los miembros de sus propios grupos, lo que hace difícil comunicar dentro de cada comunidad religiosa los avances que se logran en los numerosos encuentros. Más aún, secciones enteras de estas comunidades no están preocupadas ni tienen contacto con los varios diálogos que se están llevando a cabo. Aquellos que se encuentran no representan las distintas denominaciones, escuelas de pensamiento, o las tendencias de las personas que se adhieren a su religión. Los que mantienen las opiniones más cerradas, que son la causa de los verdaderos problemas en la vida diaria, no se encuentran nunca. Por tanto, encontramos tanto a nivel nacional como internacional, una imagen muy irregular: el diálogo es bueno cuando se pone en marcha entre los especialistas de cada religión de mente más o menos abierta; mientras que los creyentes corrientes se encuentren en muy raras ocasiones, dejando de dar voz a las visiones más estrechas y radicales. El sentido común y la lógica nos animaría a esperar todo lo contrario: los especialistas no necesitan del diálogo, o no lo necesitan por más tiempo, y el debate debe tener lugar dentro de las comunidades religiosas y entre aquellos que sustentan las visiones más radicales. Es un círculo vicioso: el diálogo es imposible precisamente porque la gente no se conoce, o porque niega a los demás.

De hecho, la responsabilidad de las personas que participan en el diálogo entre religiones es de una importancia doble: tanto si son especialistas o simples miembros de un grupo religioso, es vital que jueguen el rol de mediadores entre sus compañeros de diálogo y sus correligionarios. Se trata de escuchar a la otra parte, de desafiar y cuestionar dentro de la comunidad propia, informando, explicando, llegando a enseñar, si es necesario. Al mismo tiempo, los participantes en el diálogo deben expresar sus propias convicciones, clarificar el lugar de su propio sentido de religión entre las otras visiones que se sostienen dentro de su familia religiosa, y responder, como les sea posible, a las preguntas de sus compañeros de diálogo. Crean, al actuar de este modo, áreas de confianza entre las distintas tradiciones, que se sustentan a través de convicciones compartidas y valores que, aunque no consigan acercar los extremos, sí que abren horizontes reales para vivir juntos y permitir al menos que las rupturas se eviten y que los conflictos se manejen mejor.

No dudamos de la necesidad de diálogo interreligioso, pero hay gente que aún no entiende su utilidad y propósito reales. ¿De qué va exactamente? ¿Quiero convertir al otro? ¿Me puedo involucrar con una conciencia clara? ¿Cuáles es  el impacto real de estas buenas palabras sobre el respeto y el vivir juntos cuando vemos el comportamiento de los creyentes de las distintas religiones? ¿No hay lugar para la duda o la sospecha sobre las intenciones de uno u otro lado si nos tomamos un tiempo en leer las fuentes escriturarias? Estas preguntas no se pueden esconder. Son de una importancia primaria porque, a no ser que se respondan sucinta y claramente, corremos el riesgo de mantener un diálogo aparentemente afable pero que no elimina las desconfianzas y sospechas que, a fin de cuentas, no llevan a ningún lado. Intentaremos desde el interior de la tradición Islámica, sugerir posibles respuestas a estas preguntas.

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viernes, 5 de agosto de 2011

Grito de humildad

Vivimos en un mundo donde nos falta confianza. Confianza en nosotros mismos, en los otros, en el hombre y/o en Dios, en el futuro… En un mundo como este, nuestras comunidades de fe se convierten, muchas veces, en el espejo que refleja esa imagen nuestra que nos desagrada y asusta, por lo que las diferencias respecto del otro nos permiten definirnos, “identificarnos” a nosotros mismos y, básicamente, darnos algún tipo de seguridad que nos hace falta.   

Tenemos que viajar hacia nosotros mismos para redescubrir el gusto por las preguntas, por la crítica constructiva y por la complejidad de los asuntos.  

Pero tendremos que hacerlo con humildad, que será una de las palabras clave en nuestro recorrer. La humildad que debe sentir el ser humano ante la magnanimidad de la creación, ante su debilidad frente los acontecimientos más mundanales e intranscendentes, ante su pequeñez frente a Su Grandeza… debemos admitir, con humildad, que no contamos mas que con puntos de vista, en el sentido literal de la expresión, y que éstos dan forma a nuestras ideas, a nuestras percepciones y a nuestras imaginaciones.

El pluralismo que vivimos es tal, que nos vemos en la necesidad de plantearnos si estamos hablando del mismo mundo, de las mismas preguntas o de la misma humanidad. Entretanto, en esta “villa global,” nuestro cada vez más pronunciado individualismo nos induce incluso a dudar del hecho de que haya cosas tales como la filosofía y el pensar meditado o a cuestionar los fragmentos de reflexión que hay tras los cálculos de nuestros anhelos de poder e intereses personales. ¿Y qué otra cosa podría hacer el ego del egoísmo si no? 

Cuando salimos de nosotros hacia el otro, encontramos muchas similitudes, muchas cosas en común y muchos valores compartidos. El hombre es vulnerable cuando está perdido y encuentra rara vez satisfacción en su pérdida. Pero es bueno que el viajero se pierda de vez en cuando, que encuentre su camino de nuevo, que piense que ha entendido para percatarse finalmente de que no entiende, o que no entiende suficiente.  

El objetivo de nuestro viaje ha de ser el viaje mismo… dicho de manera poética, se trata de un viaje que nos lleva lejos, hacia nosotros mismos. 

Es una introducción necesariamente larga, porque apreciamos que hemos perdido una cualidad que el mismo universo impone sobre nosotros… hablamos de esa humildad que siente el hombre al contemplarse vulnerable, nimio respecto de la creación. Pero es esa misma humildad que debe hacer de esa persona responsable respecto de los demás elementos de la naturaleza. Entes vivos como lo son los animales, las plantas,… ¿limitamos nuestra reflexión y meditación sólo a “las cosas” que entendemos conscientes o ésta debería incluir lo aparentemente inerte y falto de consciencia? 

El hombre actual ha perdido la capacidad para la reflexión, quienes hoy en día reflexionan sobre el orden que rige la vida de un árbol, o sobre si esta forma de vida se percata de mi presencia están, según los valores que nos rigen en sociedad y los psicólogos, extraviados y han de recurrir a una de las estratagemas que la sociedad ha ideado para “curarles”.  

Encontramos en el Corán ejemplos varios que indican esta preocupación por que el ser humano reflexione sobre el valor que Dios le ha dado al resto de entes creados y sobre cómo nos los ha ofrecido de ejemplo para quienes saben contemplar y reflexionar:

“Al·lâh no se avergüenza de proponer la parábola que sea, aunque se trate de un mosquito. Los que creen saben que es la Verdad, que viene de su Señor. En cuanto a los que no creen, dicen: «¿Qué es lo que se propone Alá con esta parábola?» Así extravía Él a muchos y así también dirige a muchos. Pero no extravía así sino a los perversos.”  (Corán: 2/26)

Esta aleya se reveló en los albores de la negación en la época de la revelación profética. Negación que se debía a la poca humildad por parte de los incrédulos. Pues éstos dudaban de la credibilidad del mensaje y argumentaban sus justificadas dudas con la supuesta falta de solidez de las parábolas que se le revelaban al profeta, SAAWS. 

Esas parábolas fueron de esta manera porque perseguían curar la altivez y el orgullo de quienes no contemplaban la coherente lógica de las imágenes y relatos que le fueron revelados al profeta del Islam. No se percatan de que Al·lâh es el Dios del pequeño y del grande, Creador del mosquito y del elefante, porque tanto en éstos como en los demás seres creados, habita el secreto sellado del milagro de la vida. Fue un secreto indescifrable y lo sigue siendo para las mentes de quienes saben reflexionar.

La moraleja de las parábolas se halla en que son instrumentos que persiguen alumbrar para que, a través de ellas, seamos capaces de conocer y reconocer. La enseñanza de la parábola no está en su volumen o forma. Sería inútil quedarnos con la pequeñez del insecto, comparando ésta con la envergadura de la enseñanza que nos transmite, desenmascarando la arrogancia y nuestra presuntuosa superioridad.

La aleya empieza afirmando que Al·lâh “no siente vergüenza” al elegir determinados ejemplos. Lo que podemos adivinar tras este tipo de elecciones es que, con ellos, pretende curar la autocomplacencia, el deseo de superioridad y el orgullo que perseguimos en nuestras vidas, llegando a la justificación de cualquier tipo de acto infame para tal fin.
Otra enseñanza sería que no hay, como no hubo nunca, obligatoriedad en la creencia para los que no quieran creer. Ahora bien, quienes creen firman un pacto a través del cual se comporten en todas las áreas de sus vidas, y también en contra de este tipo de complacencias, orgullos injustificados y cultivos del ego en todas las esferas de la vida. 

Quiere también con esto retar los corazones y probar las conciencias. Las gentes del momento de la revelación no sabían a qué se estaba haciendo referencia, en este versículo árabe, al citar: {y lo que hay sobre él –el mosquito-} (parte obviada en la traducción del Corán que utilizamos, de ahí que no aparezca más arriba; sin embargo sí que se ha conservado en la traducción inglesa). No sabemos con exactitud a qué hace referencia esta parte de la aleya, pero todo apunta a un parásito minúsculo que habita en la espalda del mosquito y cuya existencia no ha podido descubrirse hasta hace poco. La mayoría de los ulemas coinciden al afirmar que “y lo que habita sobre él” coincidiría con este parásito.

Una muestra más de la omnisapiencia del Más Sabio y del desacierto del humano que peca de arrogancia aún cuando es incapaz de sentirse confiado al intentar explicar su sola existencia.

viernes, 10 de junio de 2011

La reforma y las seis "ces"

Compartimos esta reflexión del profesor Tariq Ramadan sacada de su libro Mi visión del Islam occidental sobre la necesidad de reforma:

Mis estudios teóricos y jurídicos, así como el trabajo de campo que he llevado a cabo durante los últimos veinte años, me han ayudado a desarrollar, a enriquecer mi reflexión y a explorar numerosas pistas nuevas. En un sentido teórico, he llegado a la conclusión de que los musulmanes no deberían limitarse a reflexionar en los campos del derecho y la jurisprudencia islámica (al-fiqh). Llevamos ciento cincuenta años hablando de un razonamiento crítico autónomo (iÿtihâd), lo que debería ayudarnos a afrontar los retos contemporáneos, pero a pesar de la evolución a la que sin duda hemos asistido, aún nos quedan crisis y obstáculos por superar. Creo que deberíamos reconsiderar las categorizaciones y metodologías originales remontándonos a las fuentes y fundamentos del derecho y de la jurisprudencia (usûl al-fiqh). Esto es lo que llamo “una reforma radical” que puede llevarnos a la sofocante reforma de la adaptación creativa de la transformación. El reto es muy importante y el proceso que deberá conducirnos a esos desarrollos requerirá tiempo y deberá superar críticas y rechazos desde posturas diametralmente opuestas. Los temas, sin embargo, ya están planteados, lo único que hace falta, tanto a mi juicio como al de otros estudiosos e intelectuales musulmanes, es emprender un debate a fondo.  

Siempre he querido llevar a cabo simultáneamente esta reflexión teológico-jurídica, intelectual y académica de un modo paralelo a mi compromiso con la sociedad civil, tanto en occidente como en el tercer mundo y, obviamente, también en el seno de las sociedades y de las comunidades musulmanas. Durante veinte años he tenido ocasión de visitar la práctica totalidad de los países europeos, los Estados Unidos, Canadá, Rusia, Australia y Nueva Zelanda y un número considerable de países africanos, asiáticos y árabes. Nunca he dejado de estar en contacto con los ciudadanos de toda orientación y credo religioso, para escuchar, analizar y tratar de comprender. No he tardado en darme cuenta, en el caso de las comunidades musulmanas, tanto de occidente como del resto del mundo, que los problemas se hallaban ligados tanto a la espiritualidad y a la psicología, como a las realidad estrictamente religiosas, sociales o políticas. 

Así es, a lo largo de los años he acabado elaborando un enfoque y un discurso al que denominaba la teoría “de las cuatro Ces.” Se trataba de establecer las prioridades y de abrir perspectivas sencillas y clarificadoras para la comprensión del papel que desempeñaban los actores musulmanes. Pero, durante una visita a África que realicé con ocasión del Coloquio Internacional de los Musulmanes dentro del Espacio Francófono (CIMIF) celebrado en Uagadugu (Burkinafaso agosto 2006), dos participantes me propusieron añadir otras dos “ces.” Y, como tenían razón, mi enfoque gira hoy en día en torno a las seis “ces” en las que, a mi juicio, deberían asentarse los cimientos para el establecimiento de las prioridades y las estrategias que se han de seguir. 

Lo que los musulmanes necesitan más urgentemente es confianza. La crisis de identidad es profunda y resulta indispensable, en consecuencia, desarrollar a través de la educación, un mejor conocimiento de uno mismo y de su historia, para forjar una conciencia y una inteligencia confiada y serena, segura de sí misma y simultáneamente respetuosa con el otro. Porque de lo que, en última instancia, se trata es de conjugar la confianza en uno mismo con la confianza en el otro. Y este trabajo debe ir acompañado de una constante y rigurosa coherencia ya que, no debemos idealizar los propios valores y mensajes perdiendo de vista las contradicciones, disfunciones y traiciones que afectan a las sociedades y a las comunidades musulmanas. El espíritu crítico, la lealtad crítica y la racionalidad activa no son sólo los mejores amigos de una espiritualidad profunda, sino también condiciones imprescindibles para el desarrollo y la renovación. Estén donde estén e independientemente de la región del mundo en que habiten, los musulmanes deberían ser testigos (shuhadâ) de la riqueza y el potencial positivo de su mensaje. Y para ello, deben contribuir al bienestar de todos, sea cual sea su religión, su estatus y su origen porque, en este sentido, el pobre, el enfermo y el oprimido no tienen religión. La contribución de los ciudadanos de confesión musulmana debe ser una respuesta positiva al discurso obsoleto que no deja de girar en torno a la “integración.” Es importante que las/los musulmanas/es reencuentren, en todos los dominios de la inteligencia y de la actividad (tanto en los campos de la ciencia como del arte, la cultura, la sociedad, la política, la economía, la ecología, la ética, etc.), la energía de la creatividad y el gusto por el trabajo y el riesgo. Tenemos que liberar las inteligencias y los talentos y ofrecer a las mujeres y hombres espacios de expresión, experimentación, crítica y renovación. No hay que olvidar que numerosos conciudadanos (e incluso correligionarios) albergan temores, no comprenden y quieren saber más: la comunicación es esencial. La elección de términos, la definición de conceptos, la capacidad de descentrar la empatía intelectual y cultural son importantes para tener en cuenta no sólo el contexto desde el que se habla, sino también la situación de quien escucha (es decir, sus temores, su historia y sus referencias). Pero también debemos señalar que el hecho de ser coherente y crítico con uno mismo no implica perdonar las incoherencias e hipocresías ajenas. Independientemente de la cuestión discutida (es decir, independientemente de que se trate del poder, del gobierno o de las leyes, como las que acabaron institucionalizando el Apartheid en Sudáfrica), es fundamental salvaguardar el derecho y el deber de la contestación y negarnos a traicionar nuestros principios, aunque esa traición se produzca en el seno de nuestro gobierno, de nuestra tradición o hasta de nuestra propia familia. No hay que callarse frente a la hipocresía con la que los estados occidentales contemplan la represión china del pueblo tibetano (al que llevo defendiendo más de veinticinco años), ni asistir impasibles al silencio de la comunidad internacional mientras los palestinos padecen la colonización y represión de los sucesivos gobiernos israelíes.

Las seis “ces” (confianza, coherencia, contribución, creatividad, comunicación y contestación) proporcionan un marco de referencia claro y por encima de todo, establecen ciertas prioridades. La educación, el conocimiento de uno mismo, el espíritu crítico y la creatividad son los ámbitos que más atención requieren. Las mujeres y los hombres musulmanes atraviesan una crisis de confianza tanto psicológica como intelectual. Sólo podrán comunicarse con el entorno que los rodea llevando a cabo un trabajo sobre sí mismos, sin dejarse llevar por la pasión ni responder, como tan a menudo ocurre, de un modo estrictamente defensivo. Estas son las condiciones indispensables para elaborar estrategias de respuestas y resistencia a la dictadura, al dominio y a la discriminación, que no sean puntuales y confusas, sino que se asienten en un visión clara y establezcan etapas y prioridades de acción. Urge que, en el curso de esta maduración, los musulmanes no dejen el campo libre a las voces más radicales que monopolizan los medios y la atención general. Junto a sus conciudadanos, y para ellos, deben hacer escuchar su voz, la voz de la confianza, de la ponderación y de la razón crítica: siendo ellos mismos, negándose a ser “árabes de servicio” o “musulmanes de servicio” y transmitiendo un discurso sereno, matizado y crítico en momentos de crisis y tensión sin abandonar, por ello, la denuncia firme y contestataria cada vez que las mujeres y los hombres, musulmanes o no, traicionen los valores universales de dignidad, libertad y justicia.

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