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domingo, 3 de febrero de 2013

Espiritualidad y emoción: el rezo de la mente

Como hemos indicado en publicaciones anteriores, la espiritualidad musulmana es exigente y toca, a través de sus enseñanzas, todas las dimensiones de la vida. Empieza en el mismo momento en el que somos conscientes de la responsabilidad humana ante Dios y ante la humanidad, al hallar nosotros “necesidad de Él,” a la que ya nos hemos referido. La vuelta a uno mismo provoca aquel sentimiento de humildad que caracteriza al ser humano cuando está ante Dios. Esta humildad debe extenderse amplia y profundamente a todas las áreas de la vida: tendrá que haber una lucha personal contra la autocomplacencia, el orgullo y ese deseo pretencioso que el humano tiene por tener éxito solo, utilizando todos los recursos que le sean necesarios para tal fin (a nivel social, profesional, político e intelectual). Y esta lucha tendrá que enfrentarse en cada etapa de trabajo del ser. Este verdadero trabajo espiritual va más allá del marco de la práctica ritual y religiosa o de los escasos momentos de contemplación; porque sus efectos deben ser visibles en todos los aspectos de la vida diaria: pues deberán notarse en la forma en que tratamos nuestros cuerpo, en la que administramos nuestras posesiones, en la que llevamos a cabo nuestras actividades profesionales, en la que vivimos con los demás y en la que interactuamos con la creación como un todo. Todo ello invita a aquellos que reflexionan sobre los signos y en quienes mora “la necesidad de Él,” a distanciarse del olvido y de la arrogancia. Los musulmanes practicantes viven incómodos porque sienten una disyunción entre su práctica religiosa y espiritual y el estilo de vida pública y profesional al que se les arrastra. La discusión teórica sobre “el carácter comprehensivo” del mensaje del Islam forcejea por reavivarse en la práctica: aquí es donde tiene lugar una ruptura, y la gente mantiene dos existencia casi paralelas: una en sus prácticas espirituales y la otra en su vida activa. La gente no entiende muy bien cómo hacer de su espiritualidad un ente activo y efectivo en las áreas de su vida diaria. La oposición entre estos dos parece tajante. Podemos empezar a dar respuesta a esto encontrando objeciones en lo que acabamos de describir: la conciencia islámica debe construir una reciprocidad entre el estado del corazón y la naturaleza misma de nuestras acciones; y seguir, al mismo tiempo, estando habitados por “la necesidad de Él,” convencidos de la necesidad de mantener la humildad en nuestros actos y dentro de la vida profesional y social. El enlace entre ellos (conciencia, corazón y acción) debe ser algo íntimo y muy personal y debe expresase en la forma en que inspiramos, vivimos y entendemos nuestras acciones: ¿Lo vivimos mediante el recuerdo de Su presencia o por el olvido de ésta?, ¿a la vista de Dios o sólo a la de los seres humanos?, ¿para agradecerle o para impresionarles?, ¿para que te sea reconocido Su amor o para que ellos te reconozcan? Así es como se expresa la espiritualidad activa, y la división entre los espacios públicos y privados de las sociedades secularizadas no nos impide su ejercicio, por lo que nuestra espiritualidad es capaz de inspirar nuestra forma de estar y actuar bajo cualquier circunstancia.

Debemos añadir a este estado de recuerdo y humildad otra dimensión muy concreta de la enseñanza espiritual que requiere del establecimiento de un vínculo constante entre las exigencias de la conciencia y las elecciones que tenemos que llevar a cabo en nuestras vidas. Las tres preguntas fundamentales (¿cuál es mi intención con esta acción?, ¿cuáles son los límites que mi moral establece?, ¿cuáles van a ser las consecuencias de mi actuar?) cambiarán, no sólo nuestra manera de ser, sino también la de existir. Nuestra espiritualidad debe ser inteligente y activa y hacer que estemos siempre atentos a los aspectos aparentemente “neutros” de la vida, ya que a veces puede tener consecuencias éticas muy serias. Pues cuestiona nuestro enfoque con el consumo: la procedencia de los alimentos, la forma de su producción, la entereza en la observación de los aspectos comerciales, la forma en que se trata y sacrifica a los animales y las implicaciones económicas y sociales de nuestro consumo. Debemos ser cada vez más conscientes de todas estas cuestiones: la forma en que les demos respuesta transformará la energía espiritual, acallada demasiado a menudo en los rituales y encerrada en una espiritualidad que se ha convertido en algo mecánico; para transformarla en una espiritualidad activa, inteligente, responsable, que irradie a quienes nos rodean. Si el mensaje del Islam tiene de verdad un carácter comprehensivo, su mensaje espiritual debe extenderse hasta alcanzar el horizonte donde el sentimiento humano y las exigencias éticas se enlazan en la acción. Se debe aplicar lo mismo a nuestra labor profesional: plantear las tres preguntas no supone nunca considerar cualquier trabajo como “neutral” a nivel ético, por muy científico y legítimo que parezca. Trabajar para multinacionales que saquean el planeta, en la industria armamentística que sólo produce muerte o para los bancos que dan fuelle a un orden económico asesino, nos tiene que invitar a la reflexión, porque cuestiona nuestra fidelidad a los valores que guardamos. Y más allá de estas preguntas básicas, la forma en que la gente se ocupa de su trabajo, se identifica con él y lleva a cabo sus responsabilidades para cumplir con las reglas de la mejor forma posible; todo forma parte de un compromiso espiritual activo y consecuente con el que debería ligarse la conciencia de cada cual. Diremos lo mismo de la forma en que pasamos nuestro tiempo libre y disfrutamos de nuestro descanso. Mantener la humanidad y dignidad en los momentos de descanso es síntoma de una espiritualidad viva y seria. Handhala, compañero del profeta (saaws), entendía, en su empeño por seguir el camino de la fidelidad,  que para vivir una espiritualidad viva y alejada de la hipocresía, debía permanecer en un estado permanente de rezo. Pero no conseguía tal cosa, por lo que le pidió consejo al profeta, quien le indicó que para salir de aquel malestar, debía armonizar una hora de rezo con otra de descanso: implicando que la calidad de aquel descanso influiría necesariamente en la intensidad espiritual de su rezo. En occidente, y más que en cualquier otro sitio, el uso que hagamos del tiempo libre y del entretenimiento es un ejercicio espiritual que nos ayuda a mantenernos en armonía. Esta actividad comprehensiva y multidimensional está destinada a influir las relaciones que se establecen entre las personas. La práctica de esta espiritualidad debería hacerse visible en el corazón de nuestras sociedades. Fomentar la humildad en nuestro ser y mantener la conciencia ética despierta significa, como es natural, estar atento a las relaciones humanas, incluso en sus detalles más nimios. Esta vida, llevada con una intención constante de estar en diálogo con Dios y con nuestro ser, debería enseñarnos a escuchar y a mantener el diálogo con los otros. Las llamadas a la hermandad, solidaridad, y al compañerismo son todas facetas de esta espiritualidad del día a día. Aquí, una vez más, tenemos que ser espiritualmente responsables, activos e inteligentes para aprender a establecer la diferencia entre juzgar un acto o juzgar a un individuo, entre condenar un gesto o condenar un corazón. Debemos tener clara la necesidad de comprometernos con la primera pero también de resistir la tentación de la segunda. Esta forma de estar entre la gente sólo puede alcanzarse con un trabajo que permita que la enseñanza espiritual y ética irradie todas las áreas de nuestra actividad cotidiana. Algo que reformará, como es natural, las relaciones que vemos establecidas, demasiado a menudo, en las comunidades islámicas. Relaciones que se basan en los juicios y en el rechazo del Otro, en la rivalidad y en las luchas por el poder. Hay poca escucha, poco diálogo, poco silencio afectivo.

Debemos añadir, para cerrar esta serie, que en un plano más general, la enseñanza espiritual del Islam nos hace abrirnos a la universalidad humana y, debido a su naturaleza, crea puentes para el encuentro con mujeres y hombres de otras confesiones, incluso con los humanistas, agnósticos y ateos que se preocupan por los valores humanos, éticos y por el respeto del universo. No cabe duda de que muchas personas, aun sin ser musulmanas, se reconocerán en las líneas que preceden, y debemos entablar diálogo y compartir acciones en base a estas consideraciones. Cuando se alcanzan estas dimensiones, el encuentro es posible y fructífero, y nuestras sociedades nos demuestran a diario que es esencial el que participemos todos juntos. 

Hemos intentado aquí, lejos de las modas y de las tentaciones de reclusión, describir las exigentes características de la espiritualidad islámica, que irradia desde el eje de Tawhîd y llama a los seres humanos a que, a demás de sus prácticas religiosas y de su meditación, permitan la percepción de Su Presencia y de Sus preceptos morales para que brillen en todas las áreas de nuestra vida. Esta espiritualidad, que hemos definido como responsable, activa e inteligente, inspira conciencia en el centro de la vida y de la sociedad y se presenta, ella misma, como un misticismo diario, un sufismo aplicado, que lleva a los individuos a aprender a manejar el rumbo y el contenido de sus actos, en vez de dejar que otros actúen sobre ellos. Tanto la humildad, que alimenta el corazón, como la ética, que dirige el espíritu, posibilitan a la mente abrirse a otro orden, una especie de rezo continuo, en el que, siendo consciente de sus limitaciones, sirve al bien como le sea posible: el rezo de la mente.

Muchos hombres y mujeres dejan en nuestros días las asociaciones islámicas porque llegan a un punto donde sienten que falta algo, que hay una latente falta de espiritualidad. Esto es lo que sucede con frecuencia, y es algo que cambiará con un esfuerzo constante y renovado en la aplicación de las enseñanzas a las que nos acabamos de referir. No se tratará siempre de decidir si recorrer este camino en soledad, ¡más aún cuando muchos presentan sus humildes retiros con tanto orgullo y arrogancia! Por el contario, la espiritualidad islámica nos instruye en la fragilidad, en el esfuerzo, en el servicio: estar con Dios es reconocer nuestras limitaciones, conocerlas, y servir a las personas, entre las personas.

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domingo, 30 de diciembre de 2012

Corazones velados

1- Un primer despertar

Deben de ser las 5. Pues aún no hay ningún hombre legañoso por aquí. Me pregunto si en las estaciones de hoy estará la misma gente. Asumo que sí porque se trata siempre de recoger para volver a dejar a personas que no te sienten. Me atrevo a decir que ni se sienten a sí mismas.

¡Qué cosquilleo! Es el maquinista que me toquetea como si mi cuerpo fuera propiedad suya. Siento el impulso de caminar y me dejo llevar porque hay quienes me esperan. Partimos aun sin estar conforme con la incomodidad que me supone tener que ajustar mis largos y caminados brazos a unos raíles de 1,43 metros. ¿A quién se le habrá ocurrido semejante barbaridad? ¿No han visto lo grande y longevo que soy?... en cualquier caso, hay quien me espera y no me apetece dejarle esperar.

2- Comunidad de jueces

Arribamos a la Estación. Mucha gente, no parece ser demasiado distinta, es la de todos los días. Se suben, bajan en una y otra estación, dirigiéndose a sus respectivos objetivos.

A primera vista es gente que no se conoce, pero tan pronto como aprecian que empieza a llover, comienzan a dirigirse palabras con demasiada familiaridad. Una mujer aprovecha esas gotas del jugo de las nubes para preguntar a la de su derecha por sus compras navideñas. Una tercera se suma diciendo que se irán a Praga, ya que no hay navidades mejores que las centroeuropeas, 'me encanta la estampa de la nieve, ¡todo tiene un espíritu tan navideño!' Hay mucho ruido y parece que la gente navega por un mare mágnum de emociones colectivas. Hablan de las compras, de los gastos, de lo felices que somos.

Pero también hay otros que van solos. No hablan porque parecen concentrados en la lectura. A ver, El símbolo perdido, El método Dukan (para los que se preparan para las vacaciones de verano), El ángel perdido… siempre los mismos. ¡Cómo me aburre tener que leer siempre lo que se vende en todas las librerías!… ¡¿no habrá algo más interesante?!

Llegamos a la siguiente parada. Dejo que me abran las puertas para que bajen los que se quieran ir. Hay otro tren en el andén a mi lado. Le saludo y espero a que salga para seguir con mi camino. Oigo los comentarios de la gente: '¡Ya les vale! ¿Por qué no cambian este vetusto tren?'

Se acaba de presentar con esto la Comunidad de jueces: gente que te compara siempre respecto de otro, sin entrar a valorar si estoy cumpliendo rigurosamente con la función que se me ha encomendado. Los dejo donde quieren, puedo volver a portarlos cuando lo necesiten. Pero no soy tan moderno como el otro y por eso me jubilan.
Incluso cumpliendo con mi función, quieren que tenga ese añadido de “bonito” que les ha acabado consumiendo.

Por fin un título interesante: Tiempo de romper, tiempo de coser. Lo lleva una chica cuyos libros me han llamado siempre la atención. Parece discreta, como si no quisiera llamar mucho la atención del resto aunque todos la miren. Lleva un velo por lo que la llaman, sigilosamente, “La chica del velo”. Pero lo que más me llama la atención no es su conjuntada tela, sino el libro que porta y que se pone a leer nada más conseguir un asiento. Se dedica a escribir en el libro. Tengo mucha curiosidad por saber lo que escribe, y lo leo al igual que leía el resto. Son palabras sueltas: “libertad, filosofía, religión, mujer, etiquetas, resistencia…” no entiendo por qué escribe pero como lo que hace es distinto, me llama la atención. Nunca he tenido tiempo para leer en detalle todo cuanto querría.

3- Libertad amputada

Llegado al destino, me abandona esa Comunidad de jueces que me comparaba.

El maquinista me va rondando y gruñe tras lo que dice que es una avería. Yo me siento bien, aun cansado. No me duele nada pero él dice que he sacado uno de mis brazos que ‘no han respetado’ el ancho de la vía. ¿Acaso ha respetado alguien mi anchura? Oigo: '¿No sabes que los raíles miden 1,43? ¿Por qué ensanchas tus malditos brazos? Lo llevamos para el “eléctrico-cardiograma”’.

Nadie me dirige la palabra, no sé lo que es esa cosa eléctrica pero asumo que no tiene nada que ver con la comida que me dan para que camine a diario.
El Maquinista está muy alterado, es seco y rudo y creo que no sabe que soy capaz de oírle. Utiliza un lenguaje muy callejero.

Claro que sé cuál es la distancia que separa los raíles. ¿No recuerdas  mi entrega y la fidelidad a este servicio… a la gente?, ¿mis años de profesión y largo kilometraje…?

Llegan otros señores que examinan esa parte de mi cuerpo centrándose en los brazos de esa parte. ¡Menuda agresividad en el trato! ¿Qué me hacen? ¡Me duele! Tiran de ella. Intento gritar y lo hago con todas mis fuerzas. No me oyen...

Me han amputado esa parte de mi cuerpo, mostrando un comportamiento falto de toda fragilidad. Les oigo vociferar ‘Ya está listo para seguir ¡A seguir trabajando! ¡Esta chatarra aguanta unos años más!’

Sigo. Pero me duele esa parte de mí que me han eliminado sólo por haberse ensanchado y liberado.


4- Vetusta modernidad

Continúo, dolorido, con el servicio. ¿Por qué me quitan una parte de mí? Ha dejado de cumplir con sus criterios de productividad y competitividad. Como me salgo de los raíles porque no me quiero adaptar a sus medidas, me tienen que amputar lo que se sale. No es justo. ¿No llevaba a las gentes en mi costado sin que me importara que ellos fueran de una u otra manera?

Me pregunto si el maquinista sabe el porqué de tanta insistencia en que deje de llevar mis brazos por unos raíles donde ni siquiera cabrían mis aspiraciones.
¿Cómo pretenden entonces que conduzca por allí mismo mis años, experiencia, los libros que ojeo…? No sé si saben que esa distancia (1,43 metros), tanto de los raíles de ese tren que era más moderno como de los míos fue establecida por los romanos. Y nosotros, pobres ignorantes, no formulamos preguntas sino que esperamos a que los secretos del mundo se abran genuinamente a nosotros.

Resulta que cuando construyeron los primeros vagones de tren, usaron las mismas herramientas que se utilizaban para la construcción de los carruajes.


¿Por qué los carruajes tenían esa distancia entre las ruedas? Porque las antiguas carreteras se hicieron con esa medida, ya que sólo así podrían circular esos mismos carruajes.

¿Quién decidió que las carreteras deberían hacerse con esa medida? Y he aquí, de repente, que llegamos a un pasado muy distante: los romanos, primeros grandes constructores de carreteras, lo decidieron. ¿Por qué razón? Los carros de guerra eran conducidos por caballos, y al ponerlos uno al lado del otro, los animales de la raza que usaban en aquella época ocupaban 143,5 centímetros.

De esta manera, la distancia entre los raíles sobre los que camino hoy y que utilizan tanto los trenes longevos como los modernísimos, fue determinada por los romanos.

Esto lo leí en uno de los libros de La chica del velo, creo que era de Paulo Coelho y se titulaba El Zahir.

5- Entre dos mundos y una pastilla para la felicidad

Estoy hastiado. La gente no muta de carácter ni de hábitos. Todos dirigiéndose a sus objetivos sin darse cuenta de mis gritos silenciados. Me falta una parte de mí que me han arrebatado porque optó por liberarse, porque no quiso seguir lo estipulado, porque quizás pasara al mundo real… Pero les oigo decir: '¡Mira ahora es más pequeño!, como no sustituyan el vagón que le han quitado no vamos a caber todos ¿te imaginas  que disminuyan la frecuencia? ¡Con la prisa que llevo siempre!'

Me viene a la memoria, a raíz de estos episodios, la idea de un tal Hilary Putman, que resultó ser un filosofo y matemático empirista estadounidense. Defendía que si se le diera a la gente a elegir entre tomarse una pastilla que les asegurara “la felicidad” aunque les privara del conocimiento, o dejar de hacerlo con la consiguiente pugna que define nuestras vidas, los humanos se quedarían con esa primera opción. La filosofía, decía él, se encarga de intentar averiguar el porqué de esta preferencia. ¿Por qué prefieren el olvido a la consciencia?

¡Qué realidad más pérfida!, me digo, cuán individualista se ha hecho nuestra condición. Recuerdo una lectura de algún libro en la que se afirmaba: “Hay dos tipos de mundo: aquel con el que soñamos y aquel que es real”. En el imaginario la gente a estas horas habla de mi parte amputada, de sus jefes y de lo mal que se portan, de los profesores y la manía que les tienen, de los sueldos, de sus compras, los hijos, padres…

¡Me he cansado! ¿Qué más dará que siga o lo deje? ¿Por qué tendré que obedecer las órdenes de un señor que ni conoce mi historia? En el mundo real se presenta la necesidad de mirarse al espejo. De conocerse, autodefinirse, de reconocerse en los demás.

Igual viene la chica del velo y pueda leer algo de lo que porta.

Ya está, en esta parada se suele subir. A ver lo que lleva hoy. Tiempo de romper, tiempo de coser. Leo:

"...El pluralismo que vivimos es tal, que nos vemos en la necesidad de plantearnos si estamos hablando del mismo mundo, de las mismas preguntas o de la misma humanidad. Entretanto, en esta “villa global,” nuestro cada vez más pronunciado individualismo nos induce incluso a dudar del hecho de que haya cosas tales como la filosofía y el pensar meditado o a cuestionar los fragmentos de reflexión que hay tras los cálculos de nuestros anhelos de poder e intereses personales. ¿Y qué otra cosa podría hacer el ego del egoísmo si no?

Cuando salimos de nosotros hacia el otro, encontramos muchas similitudes, muchas cosas en común y muchos valores compartidos. El hombre es vulnerable cuando está perdido y encuentra rara vez satisfacción en su pérdida. Pero es bueno que el viajero se pierda de vez en cuando, que encuentre su camino de nuevo, que piense que ha entendido para percatarse finalmente de que no entiende, o que no entiende suficiente.
El objetivo de nuestro viaje ha de ser el viaje mismo… dicho de manera poética, se trata de un viaje que nos lleva lejos, hacia nosotros mismos…"

¡Qué rápido ha sido su trayecto! Ya le he abierto las puertas para que se fuera pero percibo sus pensamientos de manera muy cercana, siento que se ha dejado una parte de sí conmigo. Pero ¿qué puede ser? ¡Es el libro! Lo puedo seguir leyendo porque se lo ha dejado sin querer.

Pienso en la nostalgia que habrá de sentir cuando se percate de semejante falta. Pero en lo profundo de mí, me alegro de que se lo dejara. Ahora sólo falta que cuando yo llegue a casa para dormir de noche venga ese chico de carácter destemplado a quitarme las impurezas del mundo. Es un chico muy dejado y no se daría cuenta del libro dejándomelo para el resto de la noche.


6- Noche de lectura

¡No he dormido nada! Lo increíble es que no es sólo por el libro, sino porque éste incluye notas que la chica ha ido dejando sobre lo que le inspira el libro, el mundo, lo que le inspiran las personas, lo que se inspira a sí misma:


"Creo en la rebelión consciente y responsable como única solución al estado actual de las cosas.
Me niego a asumir y bregar con lo que el mundo nos impone. Y me rebelo. No quiero coincidir con los prototipos estamentados que se asignan en un mundo en el que yo podría funcionar (como parece que lo hace el resto), pero que no funciona en mí".



"Me siento observada. No sé en qué momento dejaríamos de hablarnos los unos a los otros para pasar a hablarles a los personajes cuya ficción nos ha transmitido el mundo. Pero yo no me velo al género humano sino que es éste el que me separa.
Tenemos tanto que compartir, dialogar, hacer juntos… que cualquier encontronazo se presenta como un riesgo superficial que debemos asumir".



"Me rebelo contra ese entusiasmo comunitario consensuado que tiene a la preocupación y ocupación por las formas de protagonistas.
Cada uno es responsable de sus actos y no podremos transmitir nuestra oposición a los ideales de “mujer objeto” y a las formas que tenemos de vanagloriarnos con este tipo de comportamientos…"

"Me resisto como musulmana, mujer y feminista a seguir los dictados tanto de nuestras sociedades democratizantes; como de una comunidad que reduce sus enseñanzas al comportamiento de sus hijas. Cada uno debería contemplar sus motivos para poder operar sobre ellos".



"La consistencia en la acción está en la propia resistencia, en nuestra  propia consciencia.
Me rebelo contra las manifestaciones estipuladas por una comunidad de fe que no va más allá de las ataduras formales que parecen otorgarnos la ilusión del reconocimiento.
Me rebelo a quitármelo porque la normalización de mi situación puede derivar en el olvido de unas llamaradas que emergen desde mi más íntima coraza: “no eres un mero objeto…”
Me rebelo a quitármelo porque siento que tengo que observar mi humildad, oponiéndome a la vanagloria, a la autocomplacencia, al orgullo “de ser Yo”…"



"¡Sé que el camino es largo, hazme lo suficientemente fuerte!"

7- Autoliberación

Este acto de resistencia me cuestiona. Cuestiona mi comportamiento, mis actos e incluso la repercusión de las personas en mi vida. Siento un tenue lagrimeo agridulce.
Yo soy esta chica. Soy ella porque en sus notas habló por mí. Ha dicho lo que tanto había esperado oír decir a una persona. Sé que entendería mis motivos y que le dolería que amputaran esa parte de mí porque se haya soltado y liberado de esas ataduras sociales que nos consumen.

En un mundo, donde dominan las ilusiones y la ceguera potencial de las emociones colectivas, donde nos comprime la autocomplacencia, la hipocresía, el individualismo, el consumismo, y la bancarrota moral... hay una voz que se encuentra acallada. Etiquetada por nuestra falta de visión y por los vaniloquios de esa Comunidad de jueces...
Resisto por ella, resisto por mí, resisto por los que viajan en mí... por la Humanidad.
Pero no me puedo quedar en la emoción o la ilusión de resistir... es una postura que requiere de un conocimiento de nosotros mismos, requiere de las aspiraciones más nobles de nuestros corazones llevadas a la acción.

...

Creo que serán las 5 de la mañana otra vez. Pero hoy ya sé cuál es mi cometido. ¿Por qué tengo que mostrar gratitud a las personas que me acompañan en mi viaje? ¿Por qué tengo que asumir que no encajo en los estándares actuales ajustándome a ellos? ¡No! No lo haré y no me dejaré guiar hacia donde me lleven.

Llega esa persona legañosa otra vez, deben de ser las 6 ya (¡cuán corta se me ha hecho la noche!) Siento que me toca la boca, el abdomen… siento el impulso de caminar otra vez. Pero no lo hago… no quiero seguir.

Me siento libre. Asumo mi responsabilidad. Dejo de caminar hacia donde me guían y empiezo a caminar hacia mi persona porque me reconozco en ella. Tengo que romper para poder coser. No puedo pretender una revolución sin mutar de estado. Tengo que estar dispuesto a cambiar. ¡Y lo estoy!


Cuento con que me llamarán chatarra. Pero seré chatarra leal, consistente en sus ideas, constante en su reflexión.

viernes, 28 de diciembre de 2012

Un universo de referencias

Los musulmanes se dirigen, en principio, a un universo de referencias que se elaboran y construyen en torno a cierto número de principios fundamentales. Por encima, y más allá, de la diversidad de sus culturas, la esencia de su fe, su identidad, su ser y estar en el mundo… es la misma. Pues se definen a sí mismos en base a ciertos puntos de referencia que explican su pertenencia a la misma comunidad de fe y al mismo tiempo, y a un nivel más profundo, les enraíza en el universo del Islam. Las a menudo complejas conexiones entre los principios comunes a todos y las formas de vida tan divergentes de las que nos damos cuenta rápidamente si visitamos los países musulmanes del África Negra, África del Norte, o Asía han llevado a algunos orientalistas y sociólogos a hablar de varios “islames” para poder tener en cuenta esta pluralidad cultural. Sólo un estudio en profundidad de las fuentes y de las ciencias islámicas puede capacitarnos para entender cómo, a lo largo de las variadas áreas geográficas, la unidad de los puntos de referencia y la diversidad de sus manifestaciones vividas se concretan y superponen. Existe un solo Islam y los principios fundamentales que lo definen son aquellos a los que todos los musulmanes se adhieren; aunque haya, envueltos en estos principios islámicos, un margen importante que permite la transformación y adaptación a los distintos contextos y ambientes sociales y culturales. Los musulmanes occidentales, al experimentar con el hacerse a nuevas sociedades, no tienen otra elección sino la vuelta al estudio de sus puntos de referencia para delinear y distinguir, en su religión, lo que es incambiable (zâbit) de lo que es apto para el cambio (mutaghayyir), y medir, desde dentro, lo que consiguen y pierden al estar en occidente. 

Se trata de un viaje largo, difícil y a veces, peligroso. Exige una inmersión profunda en el corazón de las fuentes y de las ciencias islámicas, así como un conocimiento del contexto occidental, su historia, y las dinámicas sociales, culturales, políticas y económicas que constituyen lo que podríamos denominar como sus especificaciones. Aún así, es un viaje imperativo para aquellos espíritus que quienes permanecer fieles a los principios de su fe y ética, y que no son menos conscientes de los desafíos que deben afrontar en su tiempo y desde dentro de sus sociedades.  

De ahí que nos veamos obligados a desarrollar temas explícitamente teóricos. Otros son filosóficos intentando dar cierto sentido a este sinsentido continuo que, en ocasiones, parecemos estar atravesando. Otras veces, son anécdotas que decidimos compartir porque enfrentamos situaicones que van estableciendo un paradigma de comportamiento que pensamos peligroso ya que se podría consagrar como “el comportamiento” a seguir ante determinadas agresiones y vejaciones.

Este Islam es universal y nos provee de los instrumentos para confrontar la diversidad y el cambio, tanto cuando el cambio es geográfico, como cuando es histórico o meramente cultural. Entender la universalidad del Islam es dar énfasis a los medios que se nos han ofrecido para vivir nuestro tiempo, en Occidente, observando el respeto a nosotros mismos y a los otros.

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viernes, 21 de diciembre de 2012

Marco de la educación

No podemos hablar de una educación islámica sólo para los musulmanes. Al hablar de ella hablamos de principios y de un marco de educación y enseñanza de nuestras juventudes y de nosotros mismos, no sólo a un nivel religioso, sino inspirándoles con herramientas que les/nos permitan contribuir en nuestras sociedades.

No puede existir un enfoque comprehensivo de la educación cuando ésta se limita a las esferas de la memorización teórica de conceptos que no tienen ninguna aplicación práctica.

A lo largo de la historia de la educación, se han focalizado determinadas facultades del ser humano en perjuicio de otras. El primer enfoque fue el de educar “la mente” concebida como ente independiente del cuerpo. Pero el Corán nos recuerda que el corazón también aprende: “…hombres que tienen corazones con los que no comprenden la verdad…” (Corán: 7/179), o “¿Acaso no han viajado por la tierra, de forma que sus corazones adquieran sabiduría, y sus oídos puedan oír? ¡Pues, ciertamente, no son los ojos los que se vuelven ciegos --sino que se vuelven ciegos los corazones que encierran los pechos!” (Corán: 22/46). Tras esta comprensión de lo que el corazón puede aportar a nuestro crecimiento cognitivo, se planteó la educación del cuerpo como indispensable. Por lo que acabamos topándonos con tres dimensiones que deberíamos cubrir con nuestra educación: mente, corazón y cuerpo.

Podemos recurrir, para mayor comprensión, al estilo en que el profeta de Al·lâh, SAAWS, recibió las enseñanzas de forma gradual. Primero se introduce y afianza el concepto de At·tawhîd, siendo la base de la última Revelación. Tras la realización de esto, se presenta un Rab, que se suele tomar en un sentido erróneo traduciéndose como “Señor”. Cuando, en realidad, encontramos en árabe la misma raíz en palabras como rabâ: educar o tarbia: educación. Al·lâh, Ar·rab insta al profeta en las primeras revelaciones a contemplar el contexto en el que se encuentra: “el sol, la luna,…”.

De acuerdo con esto, la educación nos habría de proveer con principios que se adecúen a nuestras necesidades coetáneas:

-          Autonomía: que se presenta como una característica esencial para poder tomar la decisión correcta y que nos haga, a la vez, lo suficientemente fuertes para hacer frente a la realidad con el compendio de conocimientos y bagaje que nos otorga. Conseguir la autonomía no es sólo tener destreza para tomar deciciones acertadas sino permanecer fuertes de corazón en nuestros andares.

-          Contexto: no puede haber una educación exitosa si ésta no atañe ni está relacionada con el contexto en que se está impartiendo. Cuando contemos con el contexto les sumaremos un valor añadido a nuestras jóvenes generaciones que podrán empezar a pensar en el contexto como un objeto de contribución y no de saqueo.

-           Libertad: que nos dispense de la libertad suficiente para ser lo que somos y del coraje para ser y hacer lo que realmente queremos ser. Gracias a este valor dejaríamos la postura de “simplemente sigue” lo que hace el resto y operaríamos sobre nuestros motivos derivando en la consciencia en los actos que tantas veces nos recuerda nuestro Libro.

-          Amor: nos tiene que enseñar a amar la sociedad en la que vivimos. No podemos seguir considerándonos alógenos en una sociedad de la que formamos parte. Puedo cambiar este sentimiento al participar de las actividades culturas del lugar en que nos encontremos: leer literatura más allá del Corán, visitar museos, compartir belleza con el resto de las personas… Al querer en definitiva la cultura y gentes entre las que nos encontremos y no olvidar nunca el decir que los queremos.

Lo podemos enlazar, ahora que la temática “islámica” se encuentra en boca de todos, con que celebrar el amor y la belleza de algo conlleva celebrar los Atributos del Creador de dicha belleza. Por lo que no se contradice en nada con nuestra ética cuando lo sometemos al examen consciente de una conciencia que no se da por satisfecha con etiquetas.

Somos lo que damos y bajo estos parámetros no cabe hablar de integración sino de contribución.

Al-Ghazâli pudo distinguir claramente entre el conocimiento, la  comprensión del mismo y al-fiqh definiendo éste último como la comprensión profunda de los propósitos. Por lo que dedicar nuestra educación, coloquios e intereses colectivos sólo a cuestiones jurídicas hace que cojeemos en otras dimensiones de adaptación que son igual de importantes para nuestra consciencia y coherencia.

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sábado, 1 de diciembre de 2012

¿Educar para liberar?

La educación debería, en un estado ideal de cosas, facilitar nuestra búsqueda individual de significado. Ayudándonos a dar significado a nuestra presencia en el aquí y el ahora.  
Pero la inseguridad que muestran los niños y adultos a la hora de participar en la sociedad, aun habiendo recibido más información que generaciones anteriores, nos induce a pensar que no se ha enfatizado, en su educación, la utilidad de la reflexión. No se educa en valores sino en progreso, buscando siempre la productividad que vayamos a obtener de esa inversión en su enseñanza.

De ahí que la sociedad se obsesione con los resultados de su sistema educativo y no por el viaje mismo y lo que se aprende en él.

Muchas veces, los padres, intentando potenciar las capacidades de sus hijos, terminan mimándoles o relajándoles; quieren que sean personas realizadas pero se olvidan de los valores que les deben inculcar para hacer que disfruten del camino de la enseñanza, de su vida.

Así, vemos a padres que enseñan a hijos de 3 ó 4 años de edad palabras como "malo" en oposición a "bueno", "normal" en oposición a "rara", etc. Y una de las cosas más peligrosas de estas posturas es que ellos creen que lo hacen para evitar sufrimiento a su descendencia, sin darse cuenta de que al hacerlo, les están privando de experimentar la vida tan y como es, derivando en la inseguridad posterior a la hora de ser adultos.

La educación se lleva a cabo en casa y a la escuela vamos a adquirir conocimientos. Este hecho no inhibe al profesor de sus valores, ya que éstos acaban manifestando en su comportamiento con el alumnado.

Es también muy importante el que las juventudes vean una aplicación práctica de las enseñanzas en su vida diaria. Cuando ven que lo que se les enseña tiene sentido, pueden valorar más lo que se les está ofreciendo y se van a enfrentar a los estudios con más entusiasmo.

Vivimos en una sociedad donde los valores (al no ser objetos materiales) se quedan en un segundo plano (de estar en alguno). El problema es, una vez más, "multifactorial", y necesita de objetivos muy claros para que podamos afrontar la decadencia de la enseñanza con firmeza. El conocimiento debería liberarnos. Pero ¿cómo lo va a hacer si está diseñado por un sistema que pretende seguir oprimiéndonos?

¿Cómo vamos a poner remedio, de manera eficaz, al etiquetado que tiene lugar cuando nos encontramos con nuestros semejantes y pretender mantener un encuentro productivo con ellos y para ellos?

En nuestras sociedades occidentales se están confundiendo valores que no tienen que ver necesariamente con la libertad.

Se pretende aplicar un concepto de libertad que deja mucho que desear porque, en muchas ocasiones, no atiende a los valores personales de cada uno, a la moral, ni a la psicología individual de cada persona. Parece que todos nos debemos regir por las mismas modas, costumbres,… mundo globalizado que conlleva una aplicación casi automática de los valores “que venden” sin atender a las elecciones personales que cada uno de nosotros pueda tener.

No nos podemos dar por satisfechos con la complacencia y el individualismo que resultan de la vagueza y/o de la ignorancia: debemos pedir a nuestro Ser que haga el esfuerzo de llegar más allá de sí mismo, para encontrarnos con el Otro y lograr descentrarnos en un intento final para alcanzar un entendimiento íntimo del otro que ha de ser tanto intelectual como respetuoso. ¿Dónde se nos enseña la empatía?
Tal vez le podamos poner solución a la problemática de la libertad abriendo todos la mente. No nos podemos seguir dando por satisfechos con lemas tales como “opresión oriental”, “libertad occidental”,… sino que tendremos, una vez más, que recuperar el matiz que tienen los asuntos. Ningún tema es simplificable hasta estos límites y menos, cuando atañe, como ocurre en este caso, a las ciencias humanas.

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